Opinión
"Es preciso combatir el edadismo en ambas direcciones –de los jóvenes hacia los mayores y viceversa– y desarrollar una conciencia más clara de la solidaridad intergeneracional"
"la demanda de cuidados que hoy experimentamos podría verse como una oportunidad de humanizar nuestras sociedades"

Publicado el 15/05/2026 a las 05:00
Cada persona es diferente y las diferencias entre nosotros suelen consolidarse con el paso de los años: no hay dos personas mayores iguales. De ahí que una población cada vez más longeva suponga numerosos desafíos para la convivencia y el diseño de políticas sociales, que es imposible afrontar sin reflexionar sobre nuestra actitud ante esta etapa de la vida y sin fortalecer los vínculos sociales. Sin duda, es preciso combatir el edadismo en ambas direcciones –de los jóvenes hacia los mayores y viceversa– y desarrollar una conciencia más clara de la solidaridad intergeneracional, lo cual implica también una visión más integral, no solo económica, de lo que supone el trabajo y el ocio en la vida de las personas. Con todo, el ámbito de los cuidados es el primer desafío que viene a nuestra mente. Y no es un desafío menor: además de investigar las condiciones que contribuyen a un envejecimiento saludable, necesitamos una reflexión más general sobre la financiación y sostenibilidad de nuestro modelo de cuidados y avanzar en materia de coordinación e integración de servicios, afrontando el problema de la demanda de buenos profesionales en este sector. Solo en Europa el sector de los cuidados emplea actualmente a 6,4 millones de personas, pero se prevé que para 2030 haya 7 millones de empleos disponibles. Crece la demanda de cuidadores.
Sin embargo, a pesar de la importancia objetiva de estos trabajos, cuyo impacto directo en el bienestar de las personas es innegable, el cuidado no siempre goza del reconocimiento económico y social que merece. Superar esta situación requiere, entre otras cosas, desarrollar una cultura que, al tiempo que subraya la centralidad del cuidado en la vida humana, impulse itinerarios profesionales atractivos en este ámbito. Desde el siglo pasado, el cuidado se ha constituido en tema de la reflexión filosófica; sin embargo, el desarrollo de perfiles profesionales ajustados a diversos contextos de cuidado, con el fin de diseñar programas formativos adecuados y definir una carrera en este ámbito, es una tarea en gran medida pendiente, que requiere de un diálogo fluido entre el mundo académico y el profesional. Dada la naturaleza práctica del cuidado, en efecto, la formación de los cuidadores siempre debe tener en cuenta el contexto en el que llevan a cabo su trabajo. No es lo mismo cuidar a un niño o a un anciano; cuidar en un entorno familiar que en un entorno residencial; cuidar a una persona de movilidad reducida que a otra que se vale por sí misma; atender a un anciano polimedicado que ha perdido la memoria que a otro que la conserva; a uno que cuenta con familiares y amigos que a otro que no los tiene... Pero siempre se trata de cuidar a personas con una vida por delante y más o menos historia a sus espaldas, que condiciona su manera de estar en el mundo y de relacionarse con los demás.
De ahí que el cuidado no se reduzca a cubrir una serie de necesidades objetivables, estandarizables; más bien se forja en el marco de una relación del todo peculiar, pues parece situar a dos personas, iguales en dignidad, en una posición asimétrica, que, en principio, solo aceptamos de buen grado en un contexto familiar. Precisamente esta asimetría es la que el buen profesional acierta a compensar conjugando cercanía y respeto, lo cual requiere tanto de sensibilidad como de reflexión. A este respecto, resulta ilustrativa la etimología de la palabra castellana “cuidado”: una derivada tardía del latín cogitatus, pensamiento, pasó a significar 'prestar atención' y 'asistir (a alguno)', 'poner solicitud (en algo)'. Ciertamente, la posibilidad de cuidar emerge allí donde las cosas no suceden ni se sostienen por sí solas, sino que requieren de cierta atención y asistencia. El cuidado trasciende la mera prestación de servicios, presupone una cultura humanista que otorga valor al pensamiento.
Visto así, la demanda de cuidados que hoy experimentamos podría verse como una oportunidad de humanizar nuestras sociedades, llevándolas más allá del moderno paradigma de la utilidad y de la eficiencia, que idealizaba rasgos propios de la edad madura, para redescubrir y cultivar otras actitudes y dimensiones características de lo que –recuperando la reflexión sobre ‘las edades de la vida’– Rogelio Rovira llama “la cuarta estación”, para destacar que la vejez no representa simplemente un lugar de paso sino una estación de pleno derecho, con sus propias exigencias y reglas, distintas de las que caracterizan la niñez, la juventud o madurez. La vejez, efectivamente, tiene su propia “sustancia”, que es preciso descubrir. De hecho, la cuarta estación, en nuestros tiempos de longevidades prolongadas, dista de ser homogénea. Esta es la tarea inesperada que se presenta a nuestra generación. Sería un error aproximarnos a esta etapa con temor, únicamente en términos de declive físico, como sería un error juzgar la juventud conforme a los descubrimientos propios de la niñez, o la madurez con los de la juventud: la cuarta estación sigue siendo para cada cual una etapa de descubrimientos y reajustes, que invita a renovar nuestra posición ante la vida. Pero sería deseable que no fuera una aventura solitaria. Parte importante de la cultura del cuidado, que contribuye a un envejecimiento sostenible y significativo, pasa por reforzar los vínculos familiares y sociales, avalorando como es debido las profesiones de cuidado.
Ana Marta González. Catedrática de Filosofía y directora de la Cátedra IDEA de Nuevas Longevidades del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra