Opinión

Prioridades

El término “prioridad nacional” ha irrumpido, y de qué manera, en el debate público como bandera de la discriminación y el supremacismo

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Jose María Romera

Publicado el 01/05/2026 a las 19:22

En otras circunstancias, si uno oyese hablar de una “prioridad nacional”, esperaría encontrar desde una llamada a la solidaridad para sofocar incendios forestales hasta el anuncio de una inversión extraordinaria destinada a viviendas públicas de alquiler. En ambos casos se nos estaría invitando a perseguir objetivos comunes inspirados en valores compartidos -la altura de miras, ya saben-, ese tipo de cosas que hacen grande a una nación, con perdón. Ahora es distinto. Ahora el término “prioridad nacional” ha irrumpido, y de qué manera, en el debate público como bandera de la discriminación y el supremacismo. Ya no señala nobles metas colectivas o urgencias inaplazables, sino estrategias partidistas de división social destinadas a poner la convivencia patas arriba oponiendo “nacionales” a extranjeros. Aunque su ruido ya llevaba algún tiempo merodeando por aquí, es en las últimas semanas cuando se ha hecho oír con la nitidez de los pactos de Gobierno. Todo hace temer que, como se dice ahora, haya venido para quedarse. 

Frente a los términos “duros” del discurso xenófobo más agresivo, este de la “prioridad nacional” se nos presenta como una versión blanda y eufemística que convierte lo abominable en admisible, el rechazo del otro en cuestión meramente administrativa y la marginación del diferente en un axioma irrefutable amparado en el sentido común. A fin de cuentas, nos dicen, ¿no están nuestras decisiones de todo tipo determinadas por alguna suerte de prioridad natural en virtud de la cual la cercanía se antepone a la distancia y lo propio nos merece una consideración mayor que lo ajeno? La trampa es hacer creer que las preferencias personales pueden ser criterio de derechos. Es probable que la aplicación práctica de la “prioridad nacional” resulte fallida por falta de sustento legal. Pero para entonces el concepto ya se habrá instalado en la conversación pública como un pegadizo ‘meme’, que es la intención de sus acuñadores. Hoy, si ganas la batalla del lenguaje, avanzas en la guerra por la realidad. Si logras imponer tu marco en el debate, de forma que todos acaben bailando al son de sus notas -lo de menos es que lo hagan a favor o en contra-, solo por el hecho de naturalizarlo ya habrás alcanzado tu objetivo. Es lo que ha conseguido Vox.

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