Opinión

La guerra refuerza a China

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Emilio Sánchez-Carlos

Publicado el 24/04/2026 a las 05:00

Sin disparar un solo tiro, China sigue afianzando su poder e influencia internacional mientras Estados Unidos pierde credibilidad por su manera errática de gestionar la guerra contra Irán.

China y Rusia aparecen, por ahora, como los principales beneficiarios indirectos de un conflicto impulsado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y que el presidente Donald Trump necesita terminar cuanto antes para evitar una mayor desestabilización de la economía estadounidense y global.

El presidente chino, Xi Jinping, está ofreciendo una lección de calma estratégica y cálculo geopolítico enmarcado contraste con las maneras impredecibles de Trump.

Con el paso de las semanas, sigue bajando el respaldo interno al presidente estadounidense, mientras su reputación internacional se resiente por sus enfrentamientos dialécticos con el papa León XIV o con quien hasta hace poco era una de sus principales aliadas europeas, la primera ministra italiana Giorgia Meloni.

El contraste con Xi es evidente. En la guerra de Ucrania, el líder chino evitó un apoyo directo a Rusia y, en el caso de Irán, ha optado por no condenar los bombardeos ni implicarse en la defensa del régimen iraní.

Aunque a China no le conviene una prolongación excesiva del conflicto, ha logrado amortiguar sus efectos económicos gracias a sus reservas de petróleo y gas, a la diversificación de sus fuentes energéticas -incluidas la solar y la eólica- y a su abundante carbón. Por ahora, sus canales comerciales internacionales permanecen prácticamente intactos. Los bazares chinos siguen repletos vendiendo de todo a todo el mundo. A su vez, el gobierno chino juega en diferentes frentes la carta diplomática: respalda los esfuerzos de mediación de Pakistán para lograr un acuerdo de mínimos entre Teherán y Washington y mantiene abierta la invitación a Trump para una cumbre bilateral prevista en mayo. Xi recibiría así al presidente estadounidense en una posición de fuerza, con importantes bazas negociadoras. Entre ellas, el control del refinado de tierras raras, esenciales para la fabricación de armamento avanzado que el Pentágono necesita reponer con urgencia.

Al mismo tiempo, los generales chinos observan el conflicto como un laboratorio en tiempo real, analizando las tácticas desplegadas por Estados Unidos y el uso de drones por parte de Irán. La utilización de la inteligencia artificial es otra de las novedades que servirá a los militares chinos para mejorar su uso.

Un aprendizaje especialmente valioso ante un eventual escenario de bloqueo naval en torno a Taiwán o incluso una hipotética invasión, aunque Pekín insiste en que la reunificación debe producirse de forma pacífica y gradual.

En Asia, los aliados de Estados Unidos contemplan con inquietud cómo parte de sus sistemas de defensa han sido redirigidos hacia el conflicto con Irán creando un peligroso vacío.

Algo similar ocurre en Oriente Medio, donde China mantiene sólidos vínculos comerciales e inversiones en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.

La conclusión empieza a ser preocupante para Washington: Estados Unidos deja de percibirse como un aliado fiable. China, en cambio, se presenta como un socio necesario para la estabilidad.

Quién lo iba a decir. China se convierte en la potencia que abandera el orden y la defensa de las normativas internacionales frente a la “ley de la selva” que representa Estados Unidos.

Rusia, por su parte, sigue el conflicto con evidente satisfacción: el aumento de los precios energéticos impulsa sus ingresos por exportaciones de petróleo y gas, mientras se han levantado las sanciones impuestas tras la invasión de Ucrania en 2022.

No resulta extraño, por tanto, que Trump anhele una salida rápida a una guerra ideada por Netanyahu y cuya resolución se le resiste ante la firmeza de Irán a la hora de negociar un acuerdo que no suponga una imposición de Washington.

Emilio Sánchez Carlos. Periodista.

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