Opinión

"La cortina corre, el ataúd entra en la sala de incineración y el pecho se contrae. En el crematorio de Pamplona las mañanas son una sucesión de afectos"

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Jose Murugarren

Actualizado el 31/03/2026 a las 07:41

El mecanismo es biológico: un cortocircuito. La cortina corre, el ataúd entra en la sala de incineración y el pecho se contrae. Minutos después, se expande en una conversación animada. En el crematorio de Pamplona las mañanas son una sucesión de afectos. Grupos apretados por respeto o por esa urgencia mansa de estar presentes. Un cura que repite fórmulas. Un pariente con un folio que vibra en las manos. Un éxito musical que alguien baila como último homenaje. 

Todo ocurre ahí: en la frontera donde el luto choca contra la imperiosa necesidad de seguir estando. Cuando el telón arranca la caja de la vista, el aire se vuelve sólido. Se desploma un silencio absoluto, un vaciado que lo detiene todo y obliga a masticar el llanto para evitar la estridencia. Es la evidencia de que el cuerpo ya no es. Algo se rompe por dentro. Los órganos se agolpan en el esternón. El corazón tiene el tamaño de un guisante. Es el peso seco del adiós, la única certeza que queda cuando se cierra la cortina. 

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Después, el desfile. Los brazos que rodean al viudo, a los hijos, a los padres. La gente se disuelve hacia la calle y el silencio estalla en ruido cotidiano: el trabajo, la salud de los nietos, el tiempo que hará el fin de semana. La muerte despachada en media hora. La pérdida convertida en vida social. Hay quien se demora un segundo más frente al granate de la cortina, con la mano todavía cerrada como si guardara el rastro de la caja. No es que su duelo sea mayor, es que su cuerpo aún no ha recuperado el compás del mundo. 

Nota el vacío en el pecho y, al mismo tiempo, unos segundos más tarde que al resto, le sube por la garganta una sed como una traición. Se queda ahí, en ese umbral suspendido donde el luto es absoluto pero el instinto ya le pide un sorbo de algo, una tregua, el permiso para volver a ser alguien que respira. 

- No nos vemos más que en estos sitios —dice una mujer, ajustándose la bufanda contra el cierzo. 

- La pena —responde la otra, con la sangre de vuelta en la cara— es que no hayan puesto un bar aquí al lado. Hace falta algo caliente para convencerse de que uno sigue vivo. 

Frente a lo que se desvanece, el cuerpo no busca explicaciones. Solo reclama cafeína y ruido humano.

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