Opinión
Y Silvio cogió su fusil
"No sé cómo salimos de aquella, pero recuerdo muy bien la mirada burlona, casi enternecedora, que nos dirigió Silvio Rodríguez desde su sillita"

Actualizado el 29/03/2026 a las 11:28
A finales del siglo pasado, uno escuchaba con arrobo poético digno de mejor causa las canciones de Silvio Rodríguez. Denostábamos a Octavio Paz; creíamos que la poesía se escondía en las metáforas bélico-amatorias del cantautor cubano. Juventud, divino tesoro. En cristiano: nos faltaba un hervor. Mi admiración por Silvio Rodríguez se fue al garete en noviembre de 1988, cuando asistí junto a mi hermano a un concierto que ofreció en el pabellón Anaitasuna. Las entradas se agotaron. Conseguimos sentarnos en el suelo, a unos diez metros del escenario, que él ocupó con su banda afrocubana. Se sentó en una sillita con su guitarra, y con gesto de monarca caribeño dio entrada a media docena de encapuchados que portaban una pancarta a favor de ETA. Los teloneros iniciaron un sermón sangriento. Ese año terminaría con 22 asesinatos de la banda terrorista. Mi hermano se levantó y empezó a gritar “¡Silvio, Silvio!”, lo imité. Hubo empujones, algún insulto. No nos arredramos. Comenzaron a escucharse pitos dirigidos a los encapuchados.
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No sé cómo salimos de aquella, pero recuerdo muy bien la mirada burlona, casi enternecedora, que nos dirigió Silvio Rodríguez desde su sillita. La misma que, imagino, dedicaría a dos gusanos. No volví a escuchar sus canciones. Hace unos días, el cantautor reclamó un fusil para defender al régimen cubano. Cuarenta años después, escuché su tema “Ojalá”, una de las canciones de amor más bellas que existen, y luego miré la fotografía del tipo que ha cambiado la guitarra por un fusil de asalto. ¿Será capaz de lanzar disparos de nieve, como reza su canción? Lo dudo. La única nieve que conoce no cayó en Cuba, sino en la Unión Soviética donde, al parecer, a los AK-47 se los conocía como “Nievi”, en honor al francotirador ruso Vasili Zatsiev, experto en volar cabezas a cientos de metros. La nómina de creadores con gran talento y cegados por la ideología es amplia, desde Pablo Neruda a Cèline. Todos coinciden en defender pesadillas totalitarias. Por mi parte, sigo aprendiendo de Octavio Paz a quien, por cierto, tampoco le gustaría Trump.