Opinión

Irán: la urgencia de desescalar el conflicto

"Para cuando las bombas empezaron a caer, las decisiones determinantes ya habían sido tomadas años antes"

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José Ramón Ganuza

Actualizado el 18/03/2026 a las 07:50

La guerra de Irán ha vuelto a colocar al mundo el borde del abismo. Si la guerra, como dijo Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios; la continuación del conflicto debe ser la diplomacia y la negociación. Y para que haya negociación seria, los Gobiernos responsables hacen un análisis de las causas y de los intereses que enmarcan la confrontación bélica. Los Gobierno irresponsables se dedican a agitar las calles con consignas electoralistas mostrando así su propias limitaciones y la irrelevancia de su posición internacional. De los innumerables análisis del conflicto que se han publicado ha habido uno que me ha llamado la atención. La prestigiosa politóloga, Carla Norrlof, en su artículo publicado en Project Syndicate, afirma que la guerra fue menos una decisión repentina que la culminación de procesos geopolíticos que fueron eliminando gradualmente las alternativas a la confrontación. Para cuando las bombas empezaron a caer, las decisiones determinantes ya habían sido tomadas años antes. Una de esas decisiones fue la retirada por parte de la primera administración Trump, en 2018, del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el acuerdo alcanzado por Obama con Irán en 2015 para limitar su programa nuclear. En aquel momento, Trump argumentó que era necesario desechar el JCPOA para lograr un acuerdo más sólido mediante la presión económica. 

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A continuación, Estados Unidos intentó forzar a Irán a volver a la mesa de negociaciones destruyendo su economía. Irán reaccionó doblando su apuesta por el enriquecimiento de uranio y reactivando sus proxis en Gaza, Libano y Yemen: los Hamas, Hezbola y Huties. Irán superó el limite de enriquecimiento de uranio impuesto en el 3´6 para usos civiles al 84% en 2025, cerca del 90% que se necesita para construir la bomba nuclear. Y se negó a las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica. A partir de entonces, se produce una escalada de acontecimientos que se inician con la matanza de israelíes por Hamas, el denominado “sábado negro” de Octubre de 2023. La consiguiente respuesta sangrienta de Israel en Gaza, en Libano contra Hezbolá y el bombardeo de posiciones huties en Yemen. Y, finalmente, la guerra de Irán, la cabeza de la serpiente que Israel quiere cortar, mientras Estados Unidos se involucra intentando controlar el comercio de petróleo tan necesario para su gran apuesta estratégica: la construcción de toda la infraestructura de la Inteligencia Artificial. En este punto, parece necesario buscar una salida pactada que retome como base el acuerdo de 2015, con garantías de cumplimiento por ambas partes. 

Y mientras se debate sobre la mejor desactivación de la guerra, ¿Qué hace el Gobierno de España? Elevar el eslogan a categoría de programa de gobierno necesitando una crisis permanente que alimente la polarización. Carente de proyecto, y con la necesidad de tapar los escándalos de corrupción, al presidente Sánchez solo le queda la comunicación propagandística. Ahora le ha llegado el turno al “No a la guerra”. Un lema rescatado de las catacumbas del zapaterismo, que tuvo su gloria en 2003 cuando millones de españoles protestaron contra la intervención en Irak. Aquel eslogan fue el prólogo de una victoria electoral socialista que nadie había previsto. Y ese es el guion que ahora se pretende reproducir. Porque conviene aclararlo: nadie en su sano juicio está a favor de la guerra. Decir “No a la guerra” es como decir “No al hambre”. Una obviedad tan rotunda que resulta imposible discutirla, lo que la convierte en un instrumento propagandístico perfecto. Un slogan que permite obviar por qué el mismo Gobierno que ahora dice “No a la guerra” permitió sin rechistar, hace apenas ocho meses, que los aviones americanos utilizaran las bases de Rota y Morón para una operación similar. 

Pero hay algo todavía más revelador que las contradicciones del propio Gobierno: el silencio de quienes le jalean. Cuando Rusia invadió Ucrania y comenzó una guerra que ha dejado cientos de miles de muertos y millones de desplazados en el corazón de Europa, la izquierda española no llenó una sola plaza con el “No a la guerra”. No hubo pancartas, no hubo mítines de urgencia, no hubo ningún superhéroe de la paz. El mismo movimiento que ahora se moviliza con fervor, casi litúrgico, ante el conflicto de Irán guardó un silencio sepulcral mientras los tanques de Putin arrasaban ciudades europeas. Y tampoco se convocó manifestación alguna por los más de ocho millones de venezolanos que han tenido que abandonar su país huyendo del régimen chavista de Maduro, la mayor diáspora de la historia reciente de América Latina. Esos sufrimientos no encajaban en el relato. Esas guerras no servían al calendario electoral, ni a su posicionamiento internacional y mucho menos a los intereses personales del presidente y sus socios. Para terminar, volvamos al articulo de Norrlof. Plantea que las guerras son la consecuencia de decisiones estratégicas que se toman con mucha antelación y que desarrollan una inercia descontrolada que va acumulando energías imparables. La pregunta es: ¿qué otros conflictos podrían estar acumulando estas dinámicas? 

José Ramón Ganuza Sancho es periodista.

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