Opinión

"En las columnas de este hombre salido de un pueblo de Cuenca se esconde el alma de un país"

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Pedro Charro

Actualizado el 16/03/2026 a las 08:39

Murió Raúl del Pozo con la columna diaria a medio hacer, y a las pocas horas ya había un sentido obituario en El Mundo, su periódico de tantos años, escrito por Antonio Lucas, una pieza espléndida y muy sentida que se parecía a las del difunto en su mejor época, casi debe dar gusto irse para que le despidan a uno así, y en ella se contaba entre otras cosas cómo cada día de año nuevo Raúl llamaba a Manolo Vicent para decirle que de este año no pasa, uno de los dos palma. Si tienes prisa, ve tú primero, le decía el otro. A partir de cierta edad,  la muerte de alguien, da pena y a la vez alivio. También Vicent ronda los 90 y sigue con su columna del domingo, porque el auténtico columnista lo es de forma vitalicia, como un Papa, y debe morir puliendo la prosa del día siguiente. Lo que le mantiene vivo es lograr meter el mundo en unas líneas, resolver el enigma. Después del de Lucas  han menudeado los obituario dedicados a Raúl, casi todos con prosa bien tallada, como piezas de orfebrería en honor al maestro, pues lo fue de una generación que tomó el testigo del columnismo literario, desde Gistau, Amón, la Rigalt, Landaluce, Valdeón y compañía.  

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Un periódico debe tener los obituarios preparados, y sacarlos con el difunto caliente. Ser alguien importante es tener el panegírico escrito. Hay casos en que se ha publicado el elogio fúnebre antes de la muerte. De Gabilondo se publicó que el gobierno le daba una medalla a título póstumo y sigue en la brecha. Era el gobierno de Rajoy, lo que tenía su morbo. Raúl fue del sindicato del crimen contra Felipe en los 90,  y luego descubrió el escándalo de los pagos de Barcenas, que hicieron temblar al PP y eso le honra. Cuando se está en la última vuelta del camino toda esta furia política pierde su importancia. Quizás su reto mayor fuera el sustituir a Umbral en la última página, que era una herencia envenenada. En España en general se entierra muy bien, los elogios llegan cuando se estira la pata. En las columnas de este hombre salido de un pueblo de Cuenca se esconde el alma de un país.

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