Opinión
EE.UU e Irán, en tensión, China, en espera

Actualizado el 06/03/2026 a las 09:10
Durante décadas pensamos que la incertidumbre era solo un paréntesis entre periodos de estabilidad. Hoy se ha convertido en la nueva normalidad. Ya no es una interrupción del orden internacional, sino su característica permanente. La escalada en torno a Irán confirma esa sensación. Cada nuevo episodio en Oriente Medio reactiva la misma secuencia de tensión militar, amenazas cruzadas, mercados nerviosos y repunte inmediato de los precios del petróleo y del gas. Basta un movimiento en el estrecho de Ormuz -ruta de paso del 20 % del petróleo mundial- para que los futuros del crudo reaccionen en cuestión de horas. Así, los mercados energéticos se comportan como sismógrafos geopolíticos.
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Ese encarecimiento de la energía tiene numerosos impactos. Es inflación en la cesta de la compra, presión al alza sobre los tipos de interés y deterioro del poder adquisitivo de las clases medias. Europa lo sabe bien. En 2022 aprendimos que la dependencia energética no es una cuestión técnica, sino estratégica. Lo que ahora ocurre en el Golfo despierta ese recuerdo reciente. Nuestro modelo pagó la ingenuidad de haber creído que el suministro era un dato, no una incógnita. Ahora bien, lo verdaderamente inquietante no es el encarecimiento de la energía. Es la facilidad con la que se habla de guerra. La experiencia reciente demuestra que iniciar un conflicto es relativamente sencillo. Cambiar un régimen, no tanto. Afganistán e Irak siguen siendo ejemplos incómodos para Occidente; Libia, un recordatorio del vacío que deja una intervención sin arquitectura posterior. Derrocar es fácil, pero construir es un proceso largo, incierto y costoso. Los expertos señalan que los cambios de régimen impuestos desde fuera rara vez producen estabilidad inmediata. Más bien al contrario, suelen abrir la caja de Pandora. Pensar que una operación militar puede rediseñar un país como quien sustituye una pieza defectuosa es una simplificación peligrosa.
En el caso del ataque a Irán, llama la atención el posicionamiento de China. El gigante asiático ha evitado, por ahora, un alineamiento claro con ninguno de los bandos. Su respuesta ha sido sobre todo diplomática, con lenguaje prudente, llamadas a la contención y el anuncio del envío de un enviado especial a Oriente Medio para intentar mediar en la escalada. Pekín insiste en la necesidad de proteger a los civiles, evitar ataques contra infraestructuras vitales y mantener abiertas las rutas marítimas.
Esta cautela es coherente con su doctrina tradicional de no injerencia, pero también responde a intereses muy concretos. China es uno de los principales compradores de petróleo iraní y necesita estabilidad energética para sostener su crecimiento. Al mismo tiempo, su prudencia puede interpretarse en clave estratégica. Cada vez que Estados Unidos y sus aliados concentran recursos políticos y militares en una región, inevitablemente reducen su margen en otra. La guerra de Ucrania obligó a Washington a dedicar recursos a Europa. Una escalada prolongada en Oriente Medio tensionaría aún más esa capacidad de Estados Unidos, que sabe que el Indo-Pacífico sigue siendo el gran tablero del siglo XXI. Taiwán es la variable siempre presente en ese análisis. Desde hace años, los informes del Departamento de Defensa estadounidense señalan que China ha acelerado la modernización de su ejército, especialmente en capacidades navales y misiles de precisión. Las maniobras militares alrededor de la isla se han intensificado. También la presión diplomática. Pekín considera la reunificación una cuestión irrenunciable de soberanía nacional.
¿Significa el actual silencio relativo que una acción sobre Taiwán sea inminente? No necesariamente. Las decisiones estratégicas de esa magnitud no se improvisan. Pero la historia demuestra que los movimientos geopolíticos suelen producirse cuando el adversario está distraído o preocupado en otros frentes. Las grandes potencias no siempre actúan cuando la tensión es máxima; a veces lo hacen cuando perciben una oportunidad.
Este es el contexto de incertidumbre que mencionaba al comienzo. No hablamos de una simple sensación, sino de un elemento estructural. No son conflictos aislados, sino una transición en marcha del poder global. El orden internacional surgido tras la Guerra Fría muestra fisuras evidentes. Las instituciones multilaterales pierden capacidad de arbitraje. La rivalidad entre potencias vuelve a ocupar el centro del escenario. En ese contexto, la economía mundial se vuelve hipersensible. Según el FMI, un aumento sostenido de 10 dólares en el precio del barril puede restar varias décimas al crecimiento global anual. No parece mucho, pero en economías ya endeudadas y con márgenes fiscales estrechos, esas décimas importan. La incertidumbre energética, además, frena inversiones, encarece el crédito y retrasa decisiones empresariales. Las empresas posponen proyectos, los hogares moderan el consumo y los gobiernos recalculan presupuestos. La guerra, incluso cuando está lejos, impacta en lo cotidiano. Quizá lo más preocupante no sea el conflicto en sí, sino la normalización del sobresalto. Nos hemos acostumbrado a vivir pendientes de mapas, de declaraciones y de noticias en tiempo real a través de las redes sociales. La política internacional se ha convertido en una sucesión de alertas. Si lo que vivimos es una transición hacia un mundo más fragmentado, con bloques definidos y rivalidades abiertas, la incertidumbre no será una fase pasajera. Será el contexto permanente en el que se tomen decisiones políticas, empresariales y personales. En ese mundo, la prudencia estratégica vuelve a ser una virtud esencial. Evitar conflictos puede ser tan decisivo como ganarlos. Porque ganar una guerra no garantiza ganar la paz, y abrir demasiados frentes simultáneos puede alterar equilibrios que luego resulten imposibles de recomponer. Tal vez la verdadera lección de este tiempo sea cultural. Tal vez debamos comprender que la estabilidad ya no es el punto de partida, sino un objetivo frágil que exige inteligencia, contención y visión a largo plazo. Por ahora, el petróleo se encarece, los mercados reaccionan y China opta por una diplomacia prudente. Y en el tablero global, actuar así puede ser la jugada más calculada.
María Jesús Valdemoros. Lecturer en IESE Business School.
