Opinión

Posición común para Irán

"Nuevamente, la polifonía de actuaciones e intereses en juego fragilizan la relevancia de una Europa obligada a no eludir el coste de su responsabilidad política y moral"

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Editorial DN

Actualizado el 03/03/2026 a las 09:11

La operación ‘Furia épica’ sobre Irán ha dado lugar a una acción-reacción que sumerge a uno de los avisperos eternos del planeta en un crítico repunte del belicismo. En una respuesta desmedida que cree equiparable al ataque recibido, la Guardia Revolucionaria iraní confirmó el lanzamiento de una oleada de misiles y drones contra Israel y contra instalaciones militares de Estados Unidos en Emiratos Árabes Unidos, Catar, Bahrein, Kuwait, Jordania o Arabia Saudí. En sus ataques, las fuerzas de los ayatolás atacaron, además de las bases militares estadounidenses en Oriente Medio, otras europeas: un dron impactó en un almacén de una dotación naval francesa en Abu Dabi, sin heridos; varios misiles fueron disparados contra un campamento del ejército alemán en Jordania -neutralizados por las defensas aéreas-; y, finalmente, un dron más alcanzó las instalaciones británicas en Chipre, tras anunciar el primer ministro, Keir Starmer, que ofrecería más ayuda a Washington. Europa se ha tenido que poner en alerta. 

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La tensión es máxima y el riesgo de escalada, real. Sin embargo, el papel de los países europeos ha vuelto a brillar por su tibieza e inconsistencia. Los líderes de Francia, Alemania y Reino Unido emitieron el domingo una declaración conjunta en la que advertían que tomarían medidas para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones en su origen. La presidenta de la Comisión Europea ha requerido a los ciudadanos estar preparados para las consecuencias de una guerra en Oriente Próximo. La alta representante de Política Exterior, Kaja Kallas, ha llamado, en vano, a la distensión. El Gobierno español, que no ha cedido sus bases a EE UU si éstas se usan para atacar a Irán en lo que se anticipa como otro encontronazo con la Administración Trump, centra sus críticas en la violación del derecho internacional. Y el resto de estados miembros han optado por un perfil bajo. Nuevamente, la polifonía de actuaciones e intereses en juego fragilizan la relevancia de una Europa obligada a no eludir el coste de su responsabilidad política y moral, con una posición lo más común posible que equilibre el respeto al orden internacional, la diplomacia proporcionada y la defensa de los derechos humanos.

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