Opinión

Cuando la política se mira al espejo

"La paradoja es que un sistema diseñado para canalizar intereses y resolver desacuerdos puede acabar amplificando los mismos problemas que pretendía abordar"

thumb

María Jesús Valdemoros

Publicado el 22/02/2026 a las 05:00

La política nace para responder a problemas concretos como organizar la convivencia, resolver conflictos, coordinar esfuerzos colectivos, proteger a los más vulnerables. En ese sentido, su legitimidad última no proviene del procedimiento ni de la retórica, sino de su capacidad para mejorar la vida cotidiana de las personas. Por desgracia, observamos una distancia creciente entre ese propósito original y el modo en que hoy se desarrolla buena parte de la actividad política. Una primera tentación sería atribuir esa distancia a la mala fe, al cinismo o a la corrupción moral de quienes ocupan cargos públicos. Pero ese diagnóstico, fácil y poco profundo, incurre en una generalización injusta, empobreciendo el análisis y desviando la atención de los problemas estructurales de fondo. Mucho más sugerente es pensar que el problema no reside tanto en las personas como en las lógicas de funcionamiento de la política contemporánea. La política moderna opera en un sistema altamente competitivo, donde la atención es escasa, el ciclo informativo es vertiginoso y la permanencia en el poder depende de equilibrios frágiles. 

En ese contexto, resulta comprensible que los actores políticos realicen cálculos tácticos y estratégicos. Hay que decidir cuándo hablar, sobre qué, con qué palabras, contra quién. El problema aparece cuando ese cálculo, inicialmente instrumental, ocupa el centro de la actividad política y desplaza progresivamente el objetivo que lo justificaba. Si la visibilidad necesaria para mantenerse en el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo, la lógica de la acción política se altera. Las decisiones ya no se valoran por su capacidad para resolver problemas reales, sino por su impacto en el posicionamiento político. Se pretende reforzar una identidad, movilizar a los propios, desgastar al adversario o imponer un determinado marco de debate. La política se vuelve autorreferencial. Se habla cada vez más de política y cada vez menos de aquello para lo que, en teoría, fue concebida. En ese proceso, los problemas cotidianos de la ciudadanía se transforman. Dejan de ser realidades complejas que requieren diagnóstico, deliberación y soluciones imperfectas, y pasan a convertirse en armas arrojadizas. 

El problema importa en la medida en que puede ser activado estratégicamente, como símbolo, como agravio, como prueba de incompetencia ajena o de virtud propia. No se gestiona, se explota; no se resuelve, se aprovecha políticamente. Algo parecido ocurre con los conflictos. En lugar de concebirse como situaciones indeseables que conviene mitigar, son instrumentos de movilización. La polarización no es necesariamente un efecto colateral, sino a menudo una estrategia racional dentro de un entorno competitivo. Simplificar, confrontar, dividir en bloques nítidos puede resultar mucho más eficaz que matizar, negociar o reconocer la complejidad de los problemas. El resultado es una conversación pública cada vez más empobrecida y una sociedad convertida en espacio de confrontación permanente. Este desplazamiento de fines conduce a la instrumentalización de las personas. Colectivos e individuos pasan de ser sujetos con intereses legítimos a convertirse en recursos retóricos que se invocan, se representan, pero no se escuchan; que valen en la medida en que sostienen un relato Esta lógica moldea el debate público, y acaba influyendo en quién permanece en política. Un entorno dominado por la confrontación constante, la exposición permanente y el cálculo estratégico disuade a quienes no están dispuestos a asumir ese marco como condición normal de la acción política. No porque carezcan de ambición o de compromiso, sino porque su nivel de tolerancia a ese tipo de dinámica es distinto o cuentan con trayectorias profesionales fuera de la política. El resultado es un proceso de selección silencioso.

A medida que el sistema premia determinados comportamientos, se vuelve progresivamente menos atractivo para perfiles que conciben la política como una tarea orientada a la resolución de problemas, al trabajo discreto o a la cooperación sostenida. No se trata de idealizar a quienes se marchan ni de demonizar a quienes permanecen, sino de reconocer que las reglas del juego terminan configurando el tipo de trayectorias que tienden a consolidarse. Nada de esto supone una visión especialmente oscura de la naturaleza humana. Es el resultado de incentivos bien conocidos. En un sistema donde la visibilidad se premia, la moderación penaliza y la atención se concentra en el conflicto, actuar de otro modo exige un coste que no todos pueden o quieren asumir. 

La paradoja es que un sistema diseñado para canalizar intereses y resolver desacuerdos puede acabar amplificando los mismos problemas que pretendía abordar. Quizá por eso la desconexión entre política y vida cotidiana es hoy tan extendida. Sobran discursos sobre “la gente” que no se traducen en atención real a sus problemas. Los datos lo confirman. Según el Eurobarómetro, dos de cada tres europeos desconfían de los partidos y perciben que priman la confrontación y el interés partidista sobre las soluciones comunes. No es una anomalía local, sino un malestar generalizado. Reconocerlo no implica idealizar el pasado ni resignarse. La política siempre ha tenido conflicto, pero también capacidad de corregirse. Que hoy predomine una lógica autorreferencial no significa que sea inevitable. El reto es no aceptar como normal una política de espaldas a la vida cotidiana ni asumir con cinismo que no puede ser de otra manera. Recordar que el poder no es un fin en sí mismo es, quizá, la forma más básica de devolver sentido a la política. 

María Jesús Valdemoros Erro, Lecturer en IESE Business School

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora