Opinión

"También la literatura parece contagiada de esa fiebre nudista, y llena las librerías de confesiones autobiográficas"

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Jose María Romera

Publicado el 21/02/2026 a las 05:00

Seamos puritanos: defendamos el pudor. En tiempos de sobreexposición del yo, sin un palmo de piel que no quede al alcance de las miradas ajenas, cada día son más las voces que claman por normas y regulaciones externas que protejan aquella parte privada de nuestra persona que no somos capaces de custodiar nosotros mismos. 

Hace unos días, el Consejo de Ministros aprobó un ambicioso texto legal de tan largo título ("Anteproyecto de ley orgánica de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen") como poco probable eficacia. En los tiempos que corren, los intentos de legislar sobre estas materias son como caracoles corriendo detrás de galgos, porque al obstáculo de la aceleración tecnológica unen el de nuestra inconsciencia. 

Si la intimidad ha saltado por los aires no obedece únicamente a la ultravigilancia de un poder dotado de fabulosos medios de control inimaginables hace un par de décadas. Somos nosotros quienes le hemos abierto de par en par puertas y ventanas a cambio de participar en el festín narcisista de la hiperconectividad. Confiar en que alguien venga de fuera a poner los límites a los que hemos renunciado tan alegremente solo lleva a la melancolía de los extraviados. 

La cultura que nos rodea y nuestros propios hábitos de comunicación están ya irremediablemente marcados con el signo del exhibicionismo. Sea activo -postureo, vanidad-, sea pasivo -descuido, pereza-. Y no solo en el enjambre tecnológico donde ya nadie es dueño de sus datos, sus fotos, sus movimientos, sus preferencias y sus secretos. 

También la literatura parece contagiada de esa fiebre nudista, y llena las librerías de confesiones autobiográficas, testimonios personales y relatos en primera persona para mayor gloria del ego creador. En su plegaria cantada a san Cucufato, el gran Javier Krahe pedía que le devolviera el pudor bajo la amenaza de atarle los testículos si no atendía al ruego. 

Habrá que rescatar aquellas coplas e intentar que entre tanta vida puesta en el escaparate quede algún reducto, por pequeño que sea, de esa clase de cordura que llamamos pudor. Aunque solo fuera por atender a la advertencia de Voltaire: contar los secretos de otros es una traición, pero revelar los propios es una estupidez.

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