Opinión
"Aquella mujer era un interrogante, un punto ciego en un rostro limpio. Dos paradas más adelante, se bajó del vagón"

Actualizado el 15/02/2026 a las 11:48
Sentada en el asiento de enfrente del metro, había una monja muy joven. Vestía con austeridad carmelita, calzaba botas de agua. Traté de que no notara mi escrutinio: tras unas gafitas de montura de pasta, sus ojos eran dos canicas negras que miraban hacia algo, quién sabe qué, mientras sus labios musitaban. Sus manos eran de pianista virgen, céreas, muy hermosas, con las uñas perfectamente cortadas. Aquella mujer era un interrogante, un punto ciego en un rostro limpio. Dos paradas más adelante, se bajó del vagón.
En los periódicos se habla del regreso de la religión, incluso de la mística, aunque el uso y significado del término está de rebajas. Basta que una cantante se rodee de iconografía católica para que los analistas de tendencias recuperen su vocación transgresora. Una transgresión muy vieja, por cierto, pero que siempre funciona. Más allá de las estrategias de mercadotecnia, la mística nada tiene que ver con la bisutería espiritual de auras, piedras sanadoras y adaptaciones ligeritas de la severa meditación zen.
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Tampoco los libros para combatir la ansiedad que encuentran en el presente la respuesta a todo. Ni con la secta de Osho y otros charlatanes carismáticos. A este propósito del santón indio, es muy esclarecedor el impresionante documental “Wild, Wild country” (Netflix”). André Malraux anunció: “El siglo XXI será místico o no será”. Un gramo de práctica vale más que una hora de teoría, pero convendría aprovechar la coyuntura para leer a San Juan de la Cruz -un gigante de la poesía de menos de medio metro de estatura-, a su amiga y compañera de fatigas Santa Teresa de Ávila; a Sor Juana Inés de la Cruz, a quien Octavio Paz dedicó un ensayo monumental…
También convendría echarle un ojo a “La nube del desconocimiento”, del sacerdote alemán del siglo XIV Johannes Eckhart; o al místico aragonés del siglo XVII, Miguel de Molinos. En todos ellos hay puntos en común: heterodoxia, soledad, ruptura de dogmatismos y gran talento literario. Todo en uno.