Opinión

"Uno ve estos días las fotos de 'Txeroki', saliendo rozagante de prisión antes de tiempo en régimen de semilibertad, y piensa que muy podrido no parece"

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Jose María Romera

Actualizado el 14/02/2026 a las 11:31

"Ojalá se pudra en la cárcel". La frase, reflejo del clima cordial que preside la comisión de adjudicaciones de obra pública en Navarra, fue dirigida al proscrito Santos Cerdán por el parlamentario de la ultraderecha Emilio Jiménez. El autor del conjuro no inventaba nada. El verbo pudrir es un lugar común en muchas de las descargas afectivas de víctimas y allegados contra los causantes de su daño. No quieren solo verlos cumplir largas condenas: más allá del castigo que les corresponda por ley, lo que ansían es su putrefacción entre rejas. 

Dijo el filósofo que la justicia es la venganza del hombre social, como la venganza es la justicia del hombre salvaje. Con venganza o sin ella, al desearle que se pudra el malhechor es expulsado al territorio de lo abyecto e impuro, a una ruina física de orden escatológico que evoca el hedor de la materia orgánica en descomposición, a una especie de pena suplementaria de repugnancia que sin llegar a ser de muerte supera la de cadena perpetua porque la prolonga y la envilece. 

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En cierta manera, mandar al delincuente a "pudrirse" en la cárcel (en vez de a vivir, permanecer o consumirse en ella) es erigirse en juez alternativo guiado por ese sucedáneo del Código Penal que es el instinto justiciero. Todos lo hacemos, un poco a tientas porque sin necesidad de leer a Beccaria basta echar una ojeada a los periódicos para darse cuenta de que esto de tasar las condenas no es tan sencillo como se cree. 

Suponíamos, por ejemplo, que los condenados con cientos de años por crímenes terroristas eran candidatos a pudrirse en sus centros de reclusión. Pero uno ve estos días las fotos de Garikoitz Aspiazu, alias 'Txeroki', saliendo rozagante de prisión antes de tiempo en régimen de semilibertad, y piensa que muy podrido no parece. Por el lado opuesto imaginamos la legión de raterillos y chorizos de poca monta a los que la nueva ley sobre reincidencia puede llevarlos a pudrirse en las cárceles. 

Es inevitable preguntarse si la situación penitenciaria de unos y otros no habrá dependido tanto de la balanza de la Justicia como del cálculo de oportunidad que canjea libertades y condenas por apoyos parlamentarios para mantener el poder. Y entonces uno se ve tentado de decir con el centinela Marcelo de 'Hamlet' que algo huele a podrido también aquí, no lejos de Dinamarca.

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