Opinión
En el “Salvaje Oeste digital”, como lo ha descrito Sánchez, nadie está a salvo de los forajidos

Publicado el 07/02/2026 a las 05:00
Parece que no ha tenido mala acogida el anuncio de Sánchez de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años. Por fin una iniciativa que no ha ido a avivar el fuego de la polarización. Y algo aún mejor: la impresión de que el verbo prohibir ha salido del armario donde lo tenían secuestrado los dogmas pedagógicos de nuevo cuño. Cualquiera que tenga adolescentes en su círculo de afectos conocerá las dudas que suscita esta clase de medidas, pero también la atónita impotencia con la que familias y educadores se enfrentan al tsunami tecnológico de nuestro tiempo. Es un error creer que el debate sobre el uso de redes sociales por parte de los niños reproduce otras controversias del pasado entre antiguos y modernos, restrictivos y permisivos, apocalípticos o integrados. Esta vez no basta con alinearse en uno de los estilos en juego, porque ya no tenemos certezas que respalden a uno u otro. Solo sabemos que la realidad desborda y asusta, y que si algo nos está enseñando la tiranía de las pantallas es la urgencia de protegerse de ellas con la misma aplicación con la que debemos asimilar sus lenguajes y aprovechar sus beneficios. Prohibir es solo una parte de la solución. Y puede convertirse en parte del problema, si los adultos lo reciben como un respiro que les invite a bajar la guardia y a delegar las responsabilidades en otros.
En el “Salvaje Oeste digital”, como lo ha descrito Sánchez, nadie está a salvo de los forajidos, y menos cuando se presentan bajo el disfraz amistoso de unas redes sociales programadas para apropiarse del tiempo y la atención de sus usuarios a cambio de retribuirlos psicológicamente. Junto a las obligaciones inherentes a la paternidad, a los padres y madres de hoy les ha tocado la incomodidad añadida de lidiar con la servidumbre tecnológica de sus hijos. Que la tarea sea endiabladamente difícil no sirve de excusa para dejar de ejercerla de la única forma posible: acompañándolos en la aventura, conociendo el terreno que pisan, fijándoles límites, y a la vez animándolos a avanzar en la buena dirección. Lo cual exige que por su parte se alfabeticen tecnológicamente, guste o no. Y, de paso, dar ejemplo de buenas prácticas en el uso de los dispositivos propios.