Opinión

Bildu puede mutar en Aliança Catalana

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David Garciandía Igal

Publicado el 27/12/2025 a las 05:00

La característica central de la izquierda abertzale es su carácter excluyente. Su proyecto político es eminentemente de carácter identitario, pues se basa en constituir un estado independiente —Euskal Herria— para un pueblo específico —el vasco—. El problema es que en el territorio en el que se pretende construir dicho estado conviven en la actualidad otras identidades además de la vasca. Por ello, el reforzamiento de una forma particular de entender esa identidad vasca, concebida como incompatible con la española, se vuelve una prioridad. Esta naturaleza excluyente lleva necesariamente al rechazo del pluralismo político y social, es decir, de todo aquello que no encaje con su visión. Y una de sus consecuencias, aunque Bildu todavía no se haya dado cuenta, será una oposición frontal a la inmigración.

El liberalismo político clásico se basa en el principio de tolerancia, por el cual el estado debe permitir distintas concepciones de “lo bueno” en la sociedad y mantener cierta distancia con intereses de grupos particulares. Así, los estados liberales reconocen libertades como las de asociación, prensa, manifestación o religión, permitiendo tanto el desacuerdo como el encuentro entre personas y grupos que tienen identidades distintas y defienden posiciones diferentes, siempre dentro de unos límites razonables. Detrás de este principio hay un interés en evitar conflictos entre grupos, pero también humildad para reconocer que nadie posee una verdad absoluta. Por el contrario, los estados etnonacionalistas —como la Euskal Herria independiente pretendida por Bildu— defienden en exclusiva los intereses de un grupo frente a todos los demás. El pluralismo no es por tanto un valor deseable, sino todo lo contrario, pues la cohesión nacional se convierte en un valor supremo. Y aquí es donde Bildu entra en el terreno de las contradicciones.

Una contradicción que la izquierda abertzale consiguió resolver satisfactoriamente fue el pluralismo sexual: el feminismo. Ha rechazado una visión de la sociedad dominada por el hombre y ha adoptado una actitud integradora respecto a la mujer —que había sido desarrollada en otros espacios políticos—, puesto que las mujeres también pueden ser (obviamente) vascas. Si una chica es violada en la calle, la culpa ya no es de la minifalda tan corta que llevaba, sino del violador. Gran paso adelante. No obstante, Bildu no ha sido capaz de vencer su naturaleza excluyente en otras dimensiones del pluralismo, como el político. Si esa misma chica es agredida por llevar la camiseta de la selección española de fútbol, la culpa entonces ya no es del agresor, sino de la chica, que iba claramente provocando.

Bildu afronta otra de sus grandes contradicciones en la dimensión cultural, étnica y racial del pluralismo. La línea mayoritariamente integradora hacia los inmigrantes que sostiene en la actualidad irá probablemente virando hacia una política de exclusión. Esta sería una consecuencia lógica de la naturaleza excluyente de su proyecto. Si el lugar que le correspondería a los García y los Martínez en Euskal Herria era ya incierto, imaginen qué lugar le podría esperar a los El Hassani y los Alaoui, o a los Chaves y los Vargas. Además de no participar apenas en la vida pública —por ejemplo, todo el que no hablara euskera quedaría probablemente repudiado de la Administración—, su mera presencia dificulta la creación de un estado independiente.

Es solo una cuestión de tiempo. Hasta el momento, el buenismo de Bildu se debe a que los territorios donde más apoyo político tiene no experimentan niveles altos de inmigración, especialmente de aquella culturalmente más distante. Las mezquitas están en Cascante o Cintruénigo. Sin embargo, esperen a que se intenten construir en Leiza o el Valle del Baztán. Entonces veremos. La tolerancia y el pluralismo, insisto, no están en el ADN de Bildu. Como me dijo un buen amigo, profesor en la UPV, “Bildu todavía no lo sabe, pero acabará convirtiéndose en Aliança Catalana”. Quiten algunas políticas económicas y sociales, y ambos partidos se parecerán mucho.

Estos partidos etnonacionalistas irán convergiendo porque no tienen los límites a la hora de gestionar la inmigración —especialmente en cuanto al trato hacia los ya residentes— que sí tienen los partidos que creen en la democracia liberal. Esos límites provienen de la corriente humanista que ha desarrollado Europa, que pone a la persona —no a la nación, al estado o a otros gregarismos— en el centro de las políticas y el derecho. Pero la izquierda abertzale, al igual que otros movimientos extremos, no comparte esa tradición, puesto que somete a la persona al colectivo. El individuo no existe más que en su función como elemento de la nación, por lo que sus derechos quedarían legítimamente suspendidos si fuera necesario para preservar la identidad colectiva.

Por tanto, no les sorprenda que en el futuro veamos votar juntos a partidos como Bildu, Vox y Aliança Catalana en cuestiones sobre inmigración. Aunque pretendan defender identidades colectivas distintas, les une el rechazo a lo considerado ajeno como consecuencia de su negación del pluralismo. Mientras tanto, el resto de partidos políticos deberían empezar a tener en cuenta este probable viraje de la izquierda abertzale.

David Garciandía Igal. Doctor y profesor (college lecturer) de Derecho de la UE en la Universidad de Oxford (Oriel College)

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