Opinión

Navidad alegre y subversiva

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Víctor Manuel Arbeloa

Actualizado el 24/12/2025 a las 11:28

Si uno recorre, estos días, las calles de ciertos pueblos y ciudades, podrá imaginar que están a punto de comenzar a celebrase, o que ya se están celebrando acontecimientos muy diversos:

Unas importantes rebajas comerciales, una especie de “Black Friday” alargado, por los muchos paquetes de regalos que aparecen en las guirnaldas luminosas, luces de hadas -fairy lights-, que se llaman “luces de Navidad”. O un concurso de geometría, por las muchas figuras del ramo que aparecen en ellas. O una fiesta de la nieve, por los trineos, las estrellitas de hielo, los gorritos de esquí… O una feria de animales de invierno, por los muchos renos, osos y algún que otro ciervo… O, simplemente, una fiesta de invierno clásica, con algo de todo eso a modo de “outlet”.

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Ya he escrito muchas veces sobre la arcaica fiesta de fin de año, desde la protohistoria: fiesta de las cosechas recogidas, de la luz nueva, del fin de año. De las “Saturnales” romanas heredamos el ritual de las visitas familiares, los regalos, los banquetes y los excesos prandiales, las loterías, las fabas… Y todo eso seguimos rememorando. Pero a la fiesta de fin de año o a las Saturnales el cristianismo le añadió, desde el siglo IV, la fiesta de la Navidad. Y parece mentira que nuestros regidores y comerciantes, tan amigos de tradiciones, de “lo nuestro”, de “lo de aquí”, tan “jatorras” ellos, se hayan olvidado del hecho más grande que vieron los siglos, del suceso que cambió el mundo, de nuestra fiesta por excelencia, y parezcan avergonzarse de las tres figuras singulares del pesebre, de la estrella de Belén, de los ángeles, de los pastores, de los magos…, de todo ese cortejo de criaturas que los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas supieron situar dentro de una teología abierta a todos a través de una escritura parabólica entre las más bellas de la literatura mundial.

Pequeños pueblos de la Cuenca de Pamplona recogen y exaltan la simbología de la Navidad con un juego discreto de luces y adornos campestres, sin alardes ni racanerías. Y el portero de nuestro bloque en la Vuelta del Castillo, Tino, ha puesto este año un lindo “belén”, tan sencillo como encantador.

Por otra parte, regidores y comerciantes cada día nos adelantan más la Navidad. Si el alcalde de Vigo enciende las luces en septiembre, y Maduro adelante las fiestas civiles a octubre, otros muchos los imitan, y a este paso la Navidad comenzará en junio, a una con la venta de la lotería, o, poco más tarde, con la entrada del turrón en las tiendas. Es un adelanto obsceno, como si fuera una fiesta comercial inventada. Así que aquel espíritu navideño de nuestros mayores se trivializará, se frivolizará, se mercantilizará cada día más. Muchos no quieren esperar al Adviento ni con el Adviento. Muchos lo que quieren es ganar más y más pronto.

Pero la Navidad es mucho más que eso. Está escrito hace muchos años. Y la teología, la poesía y todas las artes nos lo han dicho de la mejor manera posible. Ante todo, es la fiesta de la alegría exterior e interior. La primera palabra del ángel anunciador (mensaje de Dios) a María, su madre, es “¡Alégrate!”. Y María “se alegra” en las primeras palabras de su cántico. Después el ángel de Dios les anuncia a los pastores (los pobres de la tierra) no el temor, sino “una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”. Y, junto a la alegría, “la fuerza salvadora”, “una luz de lo alto” y “el camino de la paz”, según el cántico de Zacarías.

Pero los evangelios de la Infancia tienen otro mensaje, algo más oculto, que no se subraya bastante. Jesús es, según Mateo y Lucas, la figura contrapuesta al emperador romano. Es el verdadero Dios, frente al dios de Roma. Se llamará Jesús, que quiere decir Salvador, que es Cristo el Señor. Tan grande, que será llamado el Hijo del Altísimo, y Dios les dará el trono de David, sobre el que reinará sin fin. Será santo y se le llamará Hijo de Dios. Todas estas denominaciones son propia y exclusivas, en ese tiempo, de los emperadores romanos. Todos ellos se llaman también hacedores de paz: la célebre “pax romana”, por medio de la guerra y la victoria. Jesús traerá la paz por muy otras vÍas. Él es el “signo de contradicción”, del que habla Simeón en su profecÍa; la “espada” que atraviesa los corazones y deja al descubierto los corazones por él o contra él.

Sí, la Navidad es mucho más que una fiesta primitiva y mucho más que el piadoso relato de un nacimiento célebre. (“Dama piadosa / la Navidad / es otra cosa”, escribí hace muchos años, queriendo decir todo esto). Es un retrato muy vivo sobre el Hijo de Dios entre nosotros, frente a cualquier Ídolo, aunque sea el emperador. Y la razón principal de la vida y la alegría de nuestras vidas.

Víctor M. Arbeloa. Escritor.

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