"Aguilar tenía un mini con el que lo mismo se acercaba al Pardo a husmear la flebitis de Franco, como se largaba a Lisboa a asistir en directo a la revolución de los claveles"

Actualizado el 30/11/2025 a las 23:54
Al morir Franco todo era una incógnita, todo estaba abierto y cundía el temor, porque, como dice Miguel Ángel Aguilar en su libro -que es de lo más recomendable en este 50 aniversario de la muerte del dictador- “no había costumbre” de algo así, y a falta de costumbre las cosas parecían seguir un curso azaroso, amenazante, trágicas y cómicas a la vez.
Aguilar sigue de cerca lo que ocurre estos días, como un reportero a pie de calle y retrata un momento en que no moría solo un hombre, sino un régimen. Redactor del diario Madrid -que la dictadura no paró hasta hacer volar- y de revistas como Posible, que cerraban cada dos por tres, Aguilar tenía un mini con el que lo mismo se acercaba al Pardo a husmear la flebitis de Franco, como se largaba a Lisboa a asistir en directo a la revolución de los claveles, que trajo escalofríos a la España franquista.
Hay además en su libro dos grandes crónicas de aquellos días, una sobre la marcha verde, que le lleva a El Aaiún a presenciar la caída del último vestigio colonial español y el relato de los últimos fusilamientos, en 1975, en medio del clamor por los indultos, que demuestran la saña de un Franco que terminó su mandato como lo comenzó: fusilando.
Nunca vi a gente más desolada que aquellos que participaron en el fusilamiento, anota, sobrecogido, al alba de ese día. Este relato cruel se corresponde con la inhumana agonía de Franco, a quien se intenta mantener con vida como sea, desangrándose en el Pardo, convirtiendo sus último días en un tortura.
Las crónicas de Aguilar son periodismo con mayúsculas, ese que nos trae los hechos de primera mano, con sus personajes y su contexto, sin adoctrinamiento, contados como una novela. Es el relato del que estuvo allí, en medio de la maraña del momento, no el juicio fácil en la distancia. Puede que el franquismo muriera en la calle, pues ya era algo anacrónico, incompatible con los tiempos, pero Franco murió en la cama, de mala manera, sin ser derrotado, en un país que contuvo el aliento y donde todo estaba por hacer.