Cartas de los lectores

La desesperación de una madre que lleva cuatro años sin hogar en Estella

Una madre y su hijo
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Olesya Rassiaeva

Publicado el 13/09/2025 a las 05:00

Hace cuatro años que perdí mi hogar, y desde entonces vivo atrapada en un infierno del que no logro salir. Tengo 38 años y un hijo de apenas 4, mi pequeño, mi razón de existir. Cada día me despierto con el mismo miedo: ¿dónde dormiremos esta noche? ¿Qué rincón ajeno nos acogerá hasta que vuelvan a echarnos? Mi vida se ha convertido en una lucha constante contra la desesperación, y siento que poco a poco me estoy apagando.

Desde mi separación, todo se vino abajo. Me quedé sola, sin techo, con mi hijo en brazos y un vacío insoportable. He buscado ayuda por todas partes: Servicios Sociales, Cáritas, Nasuvinsa, asociaciones... he suplicado, he llorado, he rogado una oportunidad. Pero nunca llega. Siempre me encuentro con promesas vacías, con puertas cerradas, con respuestas que me hacen sentir invisible, como si mi sufrimiento no existiera.

He tenido que arrastrar a mi hijo de un lugar a otro, de una habitación prestada a otra, sin raíces, sin estabilidad, sin nada. Verlo dormir en colchones ajenos, en casas donde no somos bienvenidos, me rompe el corazón. Él no entiende por qué no tiene su cuarto, por qué no tiene un espacio propio donde jugar, por qué no podemos quedarnos en un mismo sitio. Sus ojos me preguntan lo que mi alma no soporta responder: “¿Por qué no tenemos casa, mamá?”.

Aun así, he luchado con todas mis fuerzas para que a él nunca le falte nada. He sacrificado lo que sea necesario para que tenga ropa, comida y, sobre todo, una buena educación escolar. Porque aunque yo me derrumbe por dentro, necesito que él crezca con dignidad, que no sienta el peso de esta miseria como una condena. Mi hijo merece un futuro, y haré lo que sea para que lo tenga.

Cada día que pasa, siento que el mundo me da la espalda. Intentar encontrar un techo con un niño pequeño es casi imposible. Los precios son impagables; las listas de espera, interminables; las ayudas, inalcanzables. Me he convertido en una sombra que deambula de puerta en puerta, chocando siempre con muros de indiferencia. Cada negativa es un puñal en el pecho, cada “no hay recursos” es otro pedazo de esperanza que me arrancan.

Yo no busco lujos. No quiero riquezas. Solo quiero lo más básico: un lugar donde abrazar a mi hijo sin miedo a que mañana lo perdamos todo de nuevo. Un refugio donde pueda crecer sin sentir que su vida es una huida constante. ¿Es demasiado pedir?

Por eso hoy levanto mi voz, aunque me tiemble: autoridades, instituciones, sociedad en general, despierten. Mírennos. Escúchennos. Actúen. No pueden seguir ignorando la realidad de madres como yo, que luchamos solas y en silencio, arrastrando a nuestros hijos por un camino lleno de dolor. No somos números, no somos estadísticas: somos personas que merecemos vivir con dignidad. Mi hijo necesita un hogar. Yo necesito un hogar. Y lo necesitamos ya.

Olesya Rassiaeva

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