"Si me tocaba recibir el premio de manos de Pernando Barrena, no saldría a recogerlo. Alguien pensó lo mismo, y cuando el concejal de HB llamó al premiado se amostazó: '¿Pero qué pasa, hombre?', preguntó. Silencio administrativo"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 23/08/2025 a las 23:13

Pernardo Barrena y yo nacimos en un año con mala rima. Hasta ahí las similitudes. Coincidí con él una vez a finales de noventa en el Ayuntamiento de Pamplona, donde fui convocado a una entrega de premios de periodismo. El acto comenzó algo tenso: el encargado de protocolo intervino y alguien del público lo increpó por no hablar en vasco. El increpado tartamudeó una excusa y Pernando Barrena, que había sido traductor en la imprenta tafallesa Txalaparta, esbozó una sonrisa. Vestía de luto, le brillaba la fontanela y lucía esas patillas verticales que no son goyescas pero que, si no eres Morante de la Puebla, quedan como dos churros parietales.

Años después, sabríamos que era algo mucho peor que un Curro Jiménez de Berriozar. En el acto, había varios concejales para entregar los premios. Tomé una decisión: si me tocaba recibir el premio de manos de Pernando Barrena, no saldría a recogerlo. Alguien pensó lo mismo, y cuando el concejal de HB llamó al premiado se amostazó: “¿Pero qué pasa, hombre?”, preguntó. Silencio administrativo. Algunos años después, supimos lo que sospechábamos: que el actual eurodiputado, con un sueldo anual de 124.529,16 euros, sería condenado a dos años de cárcel por pertenencia a organización terrorista.

El desértico “año Franco” se lo ha tomado muy en serio para elevar a los altares del martirologio a Txiki y Otaegui, fusilados tras la repugnante firma de un dictador tembloroso. El argumento esgrimido por Barrena se basa en la justificación del homenaje porque bajo la dictadura franquista no había otra vía que la lucha armada. La pregunta llega sola: si bajo la dictadura se justificaba el asesinato, ¿por qué durante la democracia apoyó el terrorismo, que nos sirvió años de plomo? La respuesta parece obvia: porque no había democracia. Ahora el demócrata se alimenta en Bruselas de ingentes cantidades de patatas fritas con mejillones. Se avienen a pactar con el Gobierno de Chivite, este se deja sodomizar y les concede el dentífrico que blanqueará su pasado. Quienes sí aprovechan el fantasmático “año Franco” son los demócratas de toda la vida.

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