"La verdad es que no hay que irse a la punta del Everest para hacer una cola como la del Primark y lanzarse en paracaídas"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 16/08/2025 a las 23:30

Enciendes la tele, te tragas un salmorejo informativo aderezado de danas. Suspiras. En lugar de información deportiva, el telediario te ofrece un compendio de gente que al parecer ha decidido suicidarse. Te agarras al asiento mientras ves a un tipo vestido de murciélago color verde eléctrico que se lanza desde un pico de los Alpes y atraviesa una roca horadada. Otro opositor a una muerte nada dulce desciende en bicicleta de montaña por la senda de un desfiladero que no cruzarías ni en pesadillas. Un grupo de adolescentes salta de cornisas y tejados, dan un salto mortal y caen de pie sobre el pavimento. Sólo de imaginar el impacto te duelen los meniscos. Es obvio que estás mayor, pero como no quieres convertirte en un viejo cascarrabias y aspiras a ser un anciano apacible, te preguntas qué expresa esta tendencia por los deportes de alto riesgo. La verdad es que no hay que irse a la punta del Everest para hacer una cola como la del Primark y lanzarse en paracaídas.

El año pasado fallecieron 25 fisiculturistas profesionales que se habían transformado en mutantes tras ingerir cócteles de esteroides y someterse a extenuantes sesiones de entrenamiento. Las inyecciones de anabolizantes destrozan su hígado, sus riñones y su corazón. Media de edad de los fallecidos: 45 años. En la práctica del llamado salto base, Marta Jiménez y Nacho Cifuentes murieron el año pasado. El promedio de muertes entre los pájaros humanos es de uno por cada 60 al año. Si bien se mira, el fenómeno no es nuevo: los himalayistas y boxeadores lo saben bien. El año pasado, Sebastian Steudtner surfeó una ola de 29 metros en la isla portuguesa de Nazaré. La altura de un edificio de 10 plantas.

Además de la adicción a la adrenalina, sospecho que tras la moda de los nuevos deportes hay un afán por ser otra cosa. Dar el salto al mundo animal: ser un halcón, un mono, un oso, un tigre en un octógono. Acaso los empuja una suerte de aburrimiento por el asombro de lo cotidiano, de la milagrosa rutina. Intuyo que el ser humano es tan “plástico” que puede buscar en el límite la sensación de rozar el otro lado.

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