"Cada día, unos ochenta menores mueren o resultan heridos en Gaza. Ya no ríen, han perdido las piernas, llevan metralla incrustada en sus cuerpos y están ciegos o postrado"

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Javier Blázquez

Publicado el 15/08/2025 a las 05:00

En Gaza hay muchas maneras de morir, y el hambre es una de ellas cuando se convierte en arma mortífera. El Gobierno de Benjamín Netanyahu, rehén voluntario de los sectores ultranacionalistas y ultra religiosos, utiliza la hambruna de forma indiscriminada como estrategia, sin distinguir entre combatientes e inocentes. Según la Organización Mundial de la Salud, asistimos a la peor emergencia humanitaria derivada del colapso total en el acceso a alimentos, agua y servicios sanitarios.

Hambre y enfermedad son vasos comunicantes que alimentan un círculo vicioso. La desnutrición en mujeres embarazadas provoca complicaciones en la gestación, partos prematuros, bebés con bajo peso y mayor mortalidad. Los hijos de las mujeres desnutridas pueden sufrir alteraciones irreversibles en el desarrollo cerebral con secuelas permanentes para su salud. A su vez, la falta de nutrientes debilita el sistema inmunitario, haciendo a las personas más vulnerables a infecciones.

Las imágenes de niños famélicos, con los huesos marcados bajo la piel, son una realidad lacerante, tan cruel como ignominiosa. Esas imágenes se han convertido, cada día que pasa, en una mancha en nuestra conciencia colectiva, que no deberían solo conmovernos. Deberían interpelarnos.

Gaza se consume exhausta por el hambre. Las bombas matan de forma inmediata; el hambre, lento y prevenible, inflige un dolor prolongado. Samer Abuzerr, profesor de Salud Pública en la Universidad de Ciencias y Tecnología de Jan Yunis, afirma: “Las bombas aniquilan instantáneamente, pero el hambre mata en una agonía prolongada, especialmente a los niños”.

De ahí que los máximos responsables de la Iglesia cristiana en Tierra Santa hayan denunciado el silencio y la pasividad de la comunidad internacional, calificándolos de “moralmente inaceptables e injustificables”, ante los que no cabe la indiferencia.

El daño causado por los ataques israelíes es tanto físico como emocional. Entre las víctimas figuran, además de los más de sesenta mil palestinos muertos, más de mil trescientos sanitarios, cuatrocientos trabajadores humanitarios y cientos de periodistas, académicos y personal médico. El 60% de la población de Gaza ha perdido al menos a un familiar.

Sin embargo, a las heridas visibles se suman las invisibles. Mientras el Gobierno israelí aprueba un plan militar para tomar el control de la ciudad de Gaza —en contra del criterio del propio jefe del Ejército israelí—, los niños crecen en un ambiente de angustia y estrés permanente. Se les priva de amistad, de sueños y de la posibilidad de imaginar un futuro. No corren para jugar, sino para huir de las bombas. Su infancia no solo se cercena, se arranca de raíz.

Cada día, unos ochenta menores mueren o resultan heridos en la franja de Gaza. Niños que ya no ríen, que han perdido las piernas, que llevan metralla incrustada en sus cuerpos, que están ciegos o postrados. Si sobreviven, lo harán con cicatrices tanto físicas como emocionales, muchas veces sin acceso a cuidados adecuados. Los huérfanos —fruto de bombardeos y desplazamientos forzosos— son las víctimas más vulnerables.

Unicef informa que, en el primer año del conflicto, más de mil menores perdieron una o dos extremidades. Save The Children alertó hace meses de que, diariamente, más de diez niños sufrían amputaciones de una o ambas piernas. Por su parte, Médicos Sin Fronteras denuncia que en solo cuatro meses cerca de once mil niños fueron atendidos en el Hospital de Nasser por enfermedades infecciosas, respiratorias o cutáneas.

A ello se suma que unos cuatro mil menores han perdido a uno o ambos progenitores. Y no siempre la causa es la muerte: algunos padres están heridos e ingresados en hospitales, otros han sido detenidos y trasladados fuera de Gaza, y en otros casos se producen abusos o desapariciones.

Por todo ello, no es de extrañar que, ochenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, las palabras del superviviente de Auschwitz Primo Levi resuenen como advertencia: “Si comprender no es posible, conocer es necesario. Porque lo que ha sucedido puede volver a suceder”. Cambian los escenarios históricos, los argumentos, los verdugos y las víctimas, pero el odio y la capacidad de destrucción permanecen incólumes. Humano, demasiado humano, como escribió Nietzsche.

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho. UPNA.

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