La envidia igualitaria y la tiranía de la igualdad

La aspiración a igualar a quienes tienen algún tipo de éxito no es nociva cuando estimula a un mayor esfuerzo; en cambio, sí es nociva cuando a lo único que se aspira es a que a nadie le vaya mejor, con la esperanza de reducirlos a su propio nivel

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Gerardo Castillo

Publicado el 12/08/2025 a las 05:00

La envidia es un sentimiento de tristeza o malestar que experimenta la persona que no tiene y desearía tener para sí sola algo que otra posee. La RAE la define como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Cervantes, en sus consejos a Sancho, la llama “raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes”; para Unamuno es “la íntima gangrena española”; Dante Alighieri, en el poema de 'El Purgatorio', dice que “el castigo para los envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos con alambres de hierro”.

Gonzalo Fernández de la Mora acuñó en su día el término 'La envidia igualitaria' (1987), que le sirvió, además, como título de un libro de ensayo. La idea básica del libro es que detrás de los movimientos sociales y políticos totalitarios que presumen de “progresistas” está la envidia. Selecciono un párrafo: “Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen ‘progresistas’ las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana”.

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Algunos autores actuales afirman que la envidia es un sentimiento positivo, dado que aspirar a lo que los envidiados tienen sería un factor de igualdad social. Otros, por el contrario, sostienen que la envidia es la base y el factor común de algunas formas de colectivismo, debido a que en ella se iguala por la base, por lo que no hay incentivos para el esfuerzo individual. La igualdad queda así reducida a igualitarismo, ignorando que lo que la gente hace realmente es luchar por mejorar y no por ser iguales.

Perseguir la igualdad de resultados exige bajar las aspiraciones al nivel de los menos capaces, mientras que aumentar las oportunidades hace posible que todos y cada uno mejoren de acuerdo con su capacidad y mérito.

Una de las falacias del igualitarismo ha sido señalada por Carlos A. Montaner: “El reconocimiento de que todas las personas tienen los mismos derechos no implica que obtengan, y ni siquiera que deseen, los mismos resultados. Los Estados que tratan de uniformar los resultados, aunque estén llenos de buenas intenciones, lo que provocan es una profunda infelicidad en los ciudadanos sujetos a esas arbitrarias imposiciones”.

La aspiración a igualar a quienes tienen algún tipo de éxito no es nociva cuando estimula a un mayor esfuerzo; en cambio, sí es nociva cuando a lo único que se aspira es a que a nadie le vaya mejor, con la esperanza de reducirlos a su propio nivel. El resultado es todos mediocres.

Una segunda falacia del igualitarismo, según Montaner, es la siguiente: “No es verdad que instintivamente las personas tiendan a procurar la igualdad. Si hay, realmente, una urgencia natural, esta nos lleva a destacarnos, a tratar de triunfar, a competir y a superar a los otros. Este fenómeno está en la raíz de desarrollo de las sociedades, aunque dé lugar a desequilibrios y desigualdades. Tratar de ahogarlo, como suelen hacer en las sociedades totalitarias, es una receta segura para la infelicidad individual y para el fracaso colectivo”.

El filósofo Axel Kaiser, en su obra 'La tiranía de la igualdad' (2015), sostiene que lo que al igualitarista le importa no es que todos tengan mejor salud o educación, sino que todos tengan la misma. Una sabia sentencia de Jackson Brown: “La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento”.

Gerardo Castillo Ceballos es doctor en Pedagogía y profesor emérito de la Universidad de Navarra

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