"Dicen los antropólogos que cuando construimos castillos de arena adquirimos algunas nociones sobre lo efímero, pero yo prefiero pensar que lo hacemos porque es divertido"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 12/08/2025 a las 23:33

Los niños construyen a esta hora sus castillos de arena en la orilla. La marea los borrará cuando suba con su perfecta puntualidad doce horas y pico, y entonces, estos niños o acaso sean otros distintos, que parecen los mismos, volverán a empezar su descabellada tarea. Mirad, esos de ahí emplean unas palas de plásticos de colores, cazos, pequeños rastrillos, o bien moldes con formas y aquellos lo hacen con sus propias manos. Se empeñan con cada vez más ímpetu, cada uno en una misión distinta, o bien en grupos de dos o tres que comparten tarea en una asombrosa coordinación que sucede naturalmente. Rara vez discuten. Muy al contrario, encuentran la manera de colaborar en juegos compatibles. Arañan las paredes de las cavidades, amontonan torres de arena mojada, rascan con sus pequeños dedos y dibujan fosos, y pasadizos que recorrerá el agua en un tiempo determinado, pero que ahora ocupan ejércitos imaginarios. Si meten la mano por uno de los lados, sale por el otro en una continuidad que les resulta mágica.

Hace un rato, la niña del bañador de rayas comenzó a cavar sentada en una determinación que desconsidera lo razonable y, ahora que ha alcanzado el nivel del agua, se va hundiendo en el agujero y la rodea el agua de su propio atolón. Ella sigue sacando arena de entre sus muslos en un empeño mecánico, la mirada perdida, obsesionada en no sé qué pensamientos y ajena al jaleo de los demás chiquillos que corren a su alrededor, que la rodean, la saltan. Ella sigue cavando, quién sabe lo que pensará.

Un poco más allá, sus amigos, en cambio, han construido una empalizada que defienden a cara partida de las olas que la asedian y defienden su pedazo de tierra seca como si les fuera la vida en ello. Añaden aquí y allá más arena, la presionan con las manos en una lucha que cada vez resulta más desesperada, hasta que el agua pasa por encima de la pared y entonces se rinden, divertidos y exhaustos, ante el poder infinito del mar y rinden a la destrucción aquellas estructuras que por un momento parecían inexpugnables. Dicen los antropólogos que cuando construimos castillos de arena adquirimos algunas nociones sobre lo efímero, pero yo prefiero pensar que lo hacemos porque es divertido.

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