"¿Qué pasa cuando todos decimos que no? ¿Llevamos todas las infraestructuras a los Monegros?"

Publicado el 01/08/2025 a las 05:00
No se preocupen si no han oído hablar de Nimby. No es el apellido de un actor inglés (o un infiltrado soviético) de los años 60, sino un acrónimo de “not in my backyard”. Literalmente quiere decir “no en mi patio trasero”, pero en español lo traduciríamos más bien como “no lo quiero cerca”, o, como ha propuesto alguien, “sí, pero aquí no”.
En los últimos años esto del Nimby se aplica a casi todo: un bar, una industria, un parque eólico, una discoteca, un colegio, un polideportivo, una granja, una instalación fotovoltaica, una central nuclear, una antena de telefonía, una planta de hidrógeno verde o de biometano, una carretera, un centro de salud, una línea eléctrica, un vertedero, un tanatorio, una mina, un cuartel, un edificio de viviendas sociales…
La lista, como pueden ver, es prácticamente infinita. Los ejemplos que están ahí son de Navarra, pero no solo de nuestra comunidad, porque el fenómeno es generalizado e internacional. Y las razones para oponerse a cada una de estas instalaciones son perfectamente legítimas. Es más, es probable que si yo estuviera en la situación de quien va a tener al lado algo de esto, también me opondría.
Pero ¿qué pasa cuando todos decimos que no? ¿Llevamos todas las infraestructuras a los Monegros? Pero, claro, los lugares despoblados son espacios de naturaleza más o menos virgen (si es que existe eso, que es otra discusión). ¿Las llevamos al extranjero? ¿Nos quejamos entonces de falta de soberanía?
En los últimos cincuenta años hemos alcanzado un nivel de desarrollo que ofrece una cierta comodidad a la mayor parte de la población. Es el punto en el que no estamos seguros de que los cambios van a ser a mejor. En cierto modo, hemos vuelto a ese tiempo, como cuenta Jean Delumeau en ‘El miedo en Occidente’, en que la novedad nos da miedo. Lo malo del miedo no es que despierte nuestro instinto de combatir o huir. Es que nos puede dejar paralizados.