"Qué engorro, llevarse la casa a cuestas: si justamente se trataba de irse de ella"

Publicado el 24/07/2025 a las 05:00
Me fui a Almería a hacer un reportaje y dormí en una tienda sobre el techo de la furgoneta junto al mar. Todo fue perfecto, salvo por el hecho de que los helicópteros anduvieron sobrevolándome media noche en busca, probablemente, de algún narco, o de algún muerto. Con los años, uno tiende a vivir en un coche con una navaja, una lamparita para leer, una tabla de surf, la ropa que quepa en una mochila y el resto de un cabo para sujetarse los pantalones. La vida, en cambio, me sepulta bajo un alud de cosas y de comodidades que, cuando estoy por ahí en una de mis excéntricas expediciones, me resultan tan excesivas. Deberíamos adoptar la costumbre italiana de arrojar enseres por la ventana el 31 de diciembre a riesgo de la tentación de arrojarse uno mismo. Vivo en un bajo: no parece peligroso. Recuerdo que una noche de Carnaval en Cádiz, alguien lanzó una nevera de un segundo piso y dio un golpe tremendo en el suelo. Cuando la gente, extrañada, miró hacia arriba con pavor, salió un tipo que se justificó: “Tranquilos, que era la nevera vieja”.
La furgoneta es el medio de transporte de los sueños. Uno se compra un colchón para dormir sobre el techo, un balde para aclarar el traje de neopreno y una ducha para quitarse la sal y ya se ve entrando en Bamako un domingo, que es cuando se casa la gente allí, con el último disco de Mariam y Amadou pinchado a volumen 43. Estuve calculando con Telmo Aldaz, y tardaríamos un par de semanas en llegar a Mali, tranquilamente, parando a surfear. Un par de tablas, la Leatherman, el Jesús de Nazaret de Ratzinger, el capote y la muleta, un queso, la bota de vino de Las Tres ZZZ, la Sarasketa, y adelante. Otra cosa son las caravanas, que llevan de todo: una moto, tres bicis eléctricas, placas solares, seis camas de colchón viscoelástico, silla con mesas para un equipo de rugby, toldo spf 50 retráctil con botón, wifi y conexión a Alexa —“Alexa, baja el toldillo”—, y un armario de ropa con más vestidos que ni la novia de Jeff Bezos. Qué engorro, llevarse la casa a cuestas: si justamente se trataba de irse de ella.