El importante y último escalón

Aunque las fiestas han evolucionado, tradicionalistas y progresistas se equivocan al querer imponer su visión lúdico-festiva a los otros

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Jesús Bodegas

Publicado el 04/07/2025 a las 05:00

Como solemos decir, “en Pamplona ya huele a toro”. La ciudad rezuma por sus poros la tensión previa a la fiesta. Se acerca el big bang anual y parece que el mundo se acaba. Casi todo tiene que estar hecho para San Fermín. Hay que sacar la caja de la ropa blanca y probársela. Comprobar que los pañuelos y fajas mantienen esa intensidad de rojo sangre.

Se solía comentar que la importancia de la fiesta se conocía por sus vísperas. Y aquí tenemos toda una escalera de vísperas. Ya sólo nos queda subir el último y definitivo peldaño. Con cada escalón, la emoción va encogiendo, aún más si es posible, el corazón. Y, con cada segundo que se rebaja la cuenta atrás del famoso reloj de la calle Estafeta, crece el ansia de que llegue el momento.

Me parece llamativo que el hecho de subir la escalera, que hasta hace poco era un acto casi familiar, que se celebraba con la cuadrilla, ahora se ha convertido en una pública carrera en la que por una calle corre el párroco de San Lorenzo y por la otra, el alcalde Asiron.

Mientras, desde sectores anticlericales se pide que la dimensión pública de la fe se quede en la privacidad y a la vez se pretende que se proclame a los cuatro vientos la intimidad de la vivencia individual de la sexualidad. Aunque, si te declaras cisgénero, entonces eres del heteropatriarcado opresor. Un mundo de locos.

Es cierto que la sociedad pamplonesa ha evolucionado y que las fiestas también. Sin embargo, tanto tradicionalistas como progresistas se equivocan al querer imponer su visión lúdico festiva a los otros. Así como su cosmovisión reduccionista y uniformadora de la ciudad.

No debemos caer en la falacia de pensar que la asistencia a un acto de las fiestas es un acto de resistencia, porque hay no creyentes que van a ver al santo por una mezcla de sentimientos que constituyen parte de su identidad cultural, ni tampoco negar la posibilidad de que otros vayan a otro tipos de actos, que por otra determinada visión del mundo progre animalista antiespañola no parecen defendibles, cuando hay muchas personas de izquierdas que defienden la tauromaquia y su sentimiento nacional es español.

Es una incongruencia decir que la Marca Pamplona es el signo igual, cuando sólo respeto lo que es igual a mi percepción ideológica, o realizar una campaña de respeto y diversidad cuando sólo me fijo, defiendo y promociono lo que atañe a mi grupo, y hago todo lo posible, incluso retorcer los datos con dinero público, para justificar mis gustos. O, peor, imponerlos a los que no piensan como yo. Se nos olvida que vivir en sociedad significa convivir y respetar al otro, no cohabitar y menos expulsar o empujar a emigrar.

Tanto en el programa de fiestas oficial como en el oficioso hay infinidad de actos: algunos me gustan y, si puedo, acudo a disfrutar de ellos; y a los que no me gustan, pues no asisto, aunque entiendo que hay otras personas a los que les guste. Sin embargo, no se me ocurre solicitar que los prohíban.

Lo que no me gusta es esa sensación que se viene imponiendo de que por el hecho de estar en fiestas hay barra libre para realizar todo lo que me apetezca, olvidándome del respeto al derecho de las otras personas y buscando mi imposición. Recordemos que por nueve días seremos portada de cualquier medio de comunicación.

Evitemos entre todos que la subida del último e importante escalón no se convierta en un gran resbalón. Es elemental, aunque parece muy necesario recordarlo, que celebramos las fiestas patronales de nuestra ciudad, con todo lo que ello conlleva, significa y se ha amalgamado a los largo de la historia de nuestra ciudad. 2.100 años nos contemplan. Estemos a la altura.

Jesús Bodegas Frías. Licenciado en Ciencias Biológicas

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