"Hay cosas que, más que nunca, ya solo pueden ser para siempre"

Actualizado el 25/06/2025 a las 23:42
El tiempo es la más natural de todas las cosas, una secuencia de cantidades exactamente iguales que se acumulan en perfecta sucesión desde que nacemos hasta que morimos y, también, una de las más escurridizas. Qué largo se hace el tiempo en ocasiones y, en otras, se escapa sin que uno se dé cuenta. El quince de julio pasaban los minutos tan lentos y de pronto estábamos el martes en el patio de caballos para entregar los Premios Ciudadela Onda Cero El Corte Inglés, y se nos había venido el tiempo encima al asalto. Estábamos allí, en esa plaza con los geranios reventando en rojos y verdes, y solo faltaban el olor a toro, a caballo, a sangre, a miedo, a vino, a puro y a esperanza que es a lo que huele allí la fiesta de los toros.
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Casi estábamos escuchando de fondo el jolgorio de las peñas y los altavoces de Labrit al otro lado de la calle –“Qué hubiera sido / si antes te hubiera conocido”- y el ‘Agüero’ de La Pamplonesa moría a la altura Telefónica con un golpe seco del bombo. Digo que nos ha asaltado el tiempo como un cuatrero y ahora a toda prisa hay que pasar los nervios, la jindama de la Cuesta, reservar mesa si encontramos, probarnos la ropa blanca y ver cómo se hace el milagro que llamamos San Fermín. El tiempo es la materia con la que trabajan los toreros y salía de la Plaza Jarocho vestido con un traje color del mañana. Pablo Aguado paró el tiempo hasta en el vídeo de la faena a Jaramago que le valió el premio y pegó un cambio de mano tan lento que el plano de la tele se cortaba, pero el cambio de mano seguía.
Paraba los smartwatches que ahora, además de la hora, te dan consejos sobre el alma y otras majaderías. Pablo Hermoso estaba hecho también de tiempo: de todo el que tiene ahora que no torea, y se emocionó viendo la faena con Berlín perfectamente incurvado sobre la cara del toro como un capote de carne y hueso. Al retirarse, le dieron el último Premio Ciudadela a Pablín y era una de esas cosas que se hacen por última vez sabiendo que es le última. Eso fue también una metáfora del tiempo que, más que pasar, se suspende. Hay cosas que, más que nunca, ya solo pueden ser para siempre.