Una herencia de hace cincuenta años


Actualizado el 25/06/2025 a las 10:28
El papa Francisco dispuso que viviéramos este año 2025 como jubilar y como un tiempo de esperanza, esa hermosa virtud, hermana pequeña de la fe y la caridad que, sin embargo, tira de ellas hacia delante. La esperanza nos habla de lo que recibiremos, aunque todavía no lo tengamos. Nos habla sobre todo de Dios y del día en que descansaremos en Él: “Porque en esperanza hemos sido salvados” (San Pablo). Pero la esperanza nos habla también a través de lo ya recibido.
Todo eso me ha venido a la mente ahora que se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Josemaría Escrivá, el Fundador del Opus Dei (26 de junio de 1975). Cincuenta años fue el plazo que Dios estableció en el Levítico para vivir un año jubilar. El pueblo elegido vivía cada cinco décadas un tiempo de pausa y recomienzo, de volver a la raíz, al esencial punto de partida. Entre otras disposiciones, cada uno debía volver a sus posesiones de cincuenta años atrás y, si había adquirido esclavos, debía liberarlos. Sobre todo para los esclavos esta era una institución llena de esperanza.
Así pues, este aniversario de la marcha al Cielo de san Josemaría tiene un doble sentido jubilar. Celebraremos su fiesta en el año jubilar de la esperanza y podemos considerar de nuevo la herencia que nos dejó entonces y volver a disfrutarla como el primer día. Podrían llenarse muchas páginas enumerando lo recibido de él pero atenderemos a la herencia que él consideraba más importante. Cuando pensó en una inscripción para su lápida sugirió dos. Unas veces decía: podéis escribir “Peccator”, “Pecador”. Así se veía delante de Dios y de los demás. Otras veces sugería: “Genuit filios et filias”, “Engendró hijos e hijas”. Se refería a la fecundidad que había alcanzado su entrega a Dios en las personas del Opus Dei, que se consideraban sus hijas e hijos y le llamaban, sencillamente, Padre. Esa fue, justamente, la inscripción que se estampó sobre su lápida: "El Padre".
En efecto, la principal herencia de san Josemaría ha sido un camino por el que las personas del Opus Dei procuran identificarse con Cristo. Gentes corrientes, de a pie, que aspiran a alcanzar la santidad viviendo su vida ordinaria junto a Dios. Muchos de ellos están ya en el Cielo; otros peregrinamos por la tierra con la esperanza de alcanzar esa meta, confiados en el perdón de Dios que la Iglesia nos ofrece siempre, pero especialmente en este año jubilar. San Josemaría, que visitó Navarra en 35 ocasiones –la última en mayo de 1974–, será siempre un santo de “nuestro tiempo” por su amor a estas tierras y porque su mensaje es perenne. Nos enseña a encontrar a Dios en medio del mundo, en las ocupaciones de cada día.
Pero, además de esa herencia, recibida de Dios y hecha vida con el tiempo en numerosas personas de los cinco continentes, había otra que él mismo señaló como la que deseaba dejar como legado más pegado a la tierra: “En lo humano, quiero dejaros como herencia el amor a la libertad y el buen humor”. Su amor a la libertad le llevó a procurar comprender a todos e ir de la mano de todos, sin considerar nunca a nadie como enemigo. Y eso que debió experimentar en vida muchos sinsabores por la incomprensión de algunos. Su amor a la libertad, a respetar las decisiones de los demás, nacía de una necesidad estrechamente conectada con su idea de la relación con Dios. Si la voluntad de Dios es que le amemos sobre todas las cosas, eso solo puede hacerse libremente. La consecuencia inmediata, el amor al prójimo, requiere, justamente, amar la libertad de los otros, condición para que puedan amar a Dios. “Porque me da la gana”, decía, es la razón más sobrenatural. Lo es porque conecta con ese gran don de Dios que es la libertad, con la consiguiente responsabilidad y con la posibilidad de vincularnos mediante compromisos de amor.
El buen humor fue en él, en su juventud, algo natural, incluso en momentos difíciles. Pero como andando el tiempo no le faltaron otros sinsabores, cuando detectó la posibilidad de agriarse, luchó decididamente por evitarlo y pidió a Dios vivir con buen humor. Bromeaba diciendo que, además de ser una consecuencia lógica de saberse hijo de Dios y depositario de tantos regalos suyos, era una buena manera de no tener problemas ni siquiera de salud.
Estaba convencido de que la alegría la da Dios y nos animaba a que fuésemos sembradores de paz y alegría, esa paz que el Papa León XIV ha pedido desde el primer día: la paz de Cristo.
Carlos García del Barrio. Vicario del Opus Dei para la delegación de Pamplona