"La PAU no ha arreglado nada, es otro parche para tirar adelante, la marca de este gobierno"

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Jesús Bodegas

Publicado el 19/06/2025 a las 05:00

La actualidad informativa ha dejado en el olvido la PAU, recién estrenado eslabón de la cadena de Selectividad y EBAU. Nos han contado los cambios del nuevo examen y los docentes se han posicionado a favor del cambio de modelo por ser “más competencial, dando espacio a la reflexión, la madurez, el pensamiento crítico y la creatividad”. Bonitas palabras que nos despistan del objetivo de la prueba. Considero que esta reforma, una más, es un quiero y no puedo. Reflejo de la herencia de aquella hidalguía (hijo de algo), venida a menos, de los siglos XVI y XVII. El principal motivo de está afirmación es que no se cumple el criterio de igualdad de oportunidad de acceso a la universidad.

La PAU venía para evitar la desigualdad propiciada por la EBAU. En donde la nota de corte se había convertida en la presión de la prueba, ya que la casi totalidad de los presentados la superaba. Sin embargo, no hay un examen único para todo el Estado y, lo peor, sigue habiendo diferencias significativas entre las distintas autonomías. El supuesto ascensor social que es el acceso a la universidad sigue funcionando mal, discriminando a unos y favoreciendo a otros.

Ya que la temible nota de corte, criterio de admisión, no se consigue en las mismas condiciones. No se pide nada nuevo ni imposible de realizar. Ya se hace en las pruebas de MIR, BIR y demás especialidades sanitarias sin ningún problema, salva el deseo de querer hacer las cosas bien y para todos igual.

Además, con el sistema actual, se produce otra discriminación. En caso de igualdad de nota en los límites de corte, las familias con poder adquisitivo pueden elegir a qué universidad ir (pública, privada, en casa o fuera) y los hijos de las familias de los trabajadores dependen de la elección de las anteriores para tomar la suya o quedarse fuera.

Para la mayoría de los miembros de mi generación, el acceso a la universidad supuso un ascensor social, respondiendo al esfuerzo de nuestros progenitores. Aunque no siempre se pudo elegir la carrera deseada, había condicionantes económicos. Para muestra, al hacer milicias pudimos comprobar que los compañeros del norte estudiábamos carreras de 5 años, mientras que los del sur optaban por las de tres. Y luego con el título bajo el brazo y un trabajo intentarían completar una de cinco. Entonces, los estudios no eran tan específicos y especializados, era en el ejercicio de la profesión donde uno se iba especializando. Y aquella base sólida nos permitía posibilidades de cambio de rumbo si el mercado laboral sufría alguna crisis. Tras Bolonia, la mayoría de los grados son de cuatro años. Hay una amplia oferta, con un nivel de especialización que no cuadra con la demanda del mercado laboral.

Y para colmo, hay que cursar un máster para profundizar en la especialización. Otro esfuerzo para las familias menos pudientes, que cada vez son más. La PAU no ha arreglado nada, es otro parche para tirar adelante, la marca de este gobierno. Su paso la convierte en un rito iniciático a la “madurez” cuyo resultado no sirve para su objetivo de seleccionar o baremar a los aspirantes a ingresar en la universidad de una manera justa y en la mismas condiciones.

Ahora, si las escuchas del trío calavera que acompañaba a Pedro en el Peugeot nos dejan; veremos la crítica a los jóvenes con excelentes calificaciones que deciden elegir estudios superiores que pueden no tener una gran salida profesional, remuneración económica o reconocimiento social pero que son las que a ellos les atraen. Algunos, como en años anteriores, serán triturados en los medios y en las redes por esta “absurda” decisión.

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