"Para que la amnistía fuera un acto de generosidad, no debería ser arbitraria como es ni estar sujeta a intereses tan espurios que constituyen una prostitución del Estado mismo"

Actualizado el 03/06/2025 a las 23:40
La ponencia que va a debatir en el Constitucional sobre la Ley de amnistía define la norma como un “acto de generosidad”. Sánchez, que sale a las tribunas como a la barra de la pole dance, se las dio de muchas cosas -iba a ser secretario general de la OTAN, quiero recordar, y faro de costa de la democracia-, pero sobre todo quería ser un estadista. ¿Cómo me recordará la historia?, preguntó a Maxim Huerta el día en que le dio la canalla patada. A Calígula se le recuerda por poner a su caballo de Senador en Roma, y a Sánchez, por poner a la fontanera Leire a supervisar el voto por correo de las últimas generales del que, me atrevo a recordar, superó por mucho la marca del PSOE del voto presencial. Para bulos, el Gobierno y el Constitucional de Cándido-Con-de-Pum-pi-do, que no tiene un apellido: tiene la tamborrada de Gaztelubide de San Sebastián en el tablado de la plaza de La Consti.
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Digo que Sánchez lo que quería quedar es de estadista, que es un tipo que hace cosas por el interés general en contra del interés propio, y no esto que hace Sánchez, que es todo lo contrario y así, por su amnistía, a cambio de siete votos, somos los demás los que tenemos aquello roto. Dicen los Candiboys, que ganan seis a cuatro en ese Constitucional que llaman Tribunal sin ser tribunal, que la amnistía era un acto de generosidad, y yo creo que lo fue concretamente de la nuestra, y un acto de usura de Sánchez, que se lucra parlamentariamente de sus beneficios. Como dijo Pérez-Reverte, no es que Sánchez vende a su madre, es que vende a la tuya.
Yo cuando escucho de la generosidad me echo a temblar porque alguien te está obligando a aceptar algo para lo que no existen más argumentos que el emocional y el de la dichosa empatía. Para que la amnistía fuera un acto de generosidad, no debería ser arbitraria como es ni estar sujeta a intereses tan espurios que constituyen una prostitución del Estado mismo. La justicia no puede depender de la benevolencia del poderoso pues nos remite a lo feudal, el señor que arrienda las tierras, que perdona el diezmo, el emperador que conmuta la pena de muerte al hijo del amiguete. Yo no sé si Sánchez es el emperador, pero de que va en pelotas no me cabe ninguna duda.