¿Caza de brujas en Estados Unidos?

Publicado el 02/06/2025 a las 05:00
La amenaza, reiterada, del presidente estadounidense, de retirar fondos a las universidades forma parte de una campaña sin precedentes en la historia del país. El objetivo de Trump es imponer criterios ideológicos a sabiendas de que tales medidas interfieren y vulneran la libertad académica.
El mensaje no ofrece lugar a dudas: si aspiran a seguir recibiendo financiación o a disfrutar de exenciones fiscales, han de plegarse a sus exigencias. Les acusa de fomentar el antisemitismo. Además, los ideólogos del trumpismo, dentro de la batalla cultural que han emprendido, consideran que las universidades constituyen una amenaza para sus intereses políticos.
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Trump ha centrado sus sanciones económicas en Harvard. No cabe duda de que es la pieza de caza mayor. En su claustro se han sentado 161 Premios Nobel. Además de ser la más antigua del país, desde hace 14 años Harvard ocupa la primera posición en el ranking mundial de universidades. Pero sus dirigentes no se han amilanado. Le han plantado cara judicialmente y han logrado que una jueza federal haya paralizado la decisión de Trump de prohibir que Harvard pueda contar en sus aulas con estudiantes extranjeros.
En este sentido, el Tribunal Supremo ya se pronunció en 1957 defendiendo la libertad académica. Aducía entonces que “imponer cualquier camisa de fuerza a los dirigentes intelectuales de nuestras universidades pondría en peligro el futuro de nuestra nación”. Es evidente que sin autonomía no hay universidad libre ni tampoco pensamiento crítico, y consecuentemente la democracia se debilita. Tal vez Donald Trump carezca de brújula para tomar decisiones en el ámbito académico, y de ahí su extravío. En plena campaña electoral Trump descalificó a los centros de la Yvy League (los más prestigiosas) como “maníacos marxistas”. A su vez el vicepresidente del Gobierno Vance afirmó en 2021 que “las universidades son el enemigo”.
No es de extrañar que algunos profesores se pregunten actualmente ¿Puede volver a producirse una quema de libros tal y como aconteció en Berlín el 10 de mayo de 1933 frente al edifico de la universidad berlinesa?
En el caso de aplicarse las sanciones propuestas por Trump se reduciría la capacidad de las universidades a la hora de afrontar desafíos tecnológicos y biomédicos. La consecuencia sería la progresiva reducción de presupuesto en investigación sobre vacunas y cambio climático, entre otros. Epidemiólogos de Harvard advierten que esa política, errática, equivale a tirar piedras sobre su propio tejado. De la noche a la mañana, ya se han detenido proyectos, tanto sobre física cuántica como sobre la enfermedad de Alzheimer. Conviene recordar que EE UU lideró el S. XXI, no solo por el poderío militar, sino también por la capacidad de atracción de sus avances científicos, su cultura abierta y sus ideales de un sistema libre. En realidad, buena parte de la investigación que se desarrolla en el país está en manos de científicos internacionales. Así, en la categoría de postdoctorado, el más cualificado, el 60% de los cerca de 72.000 expertos en ese nivel han nacido en el extranjero.
Los motivos de la amenaza de Trump son diversos. Hasta el momento, el presidente estadounidense ha sabido canalizar y rentabilizar la ira de quienes se sienten menospreciados por las élites y ha cuestionado el ideal neoliberal de un mundo sin fronteras. Se cree un salvador glorioso. A este respecto, la imagen de Trump vestido de Papa, difundida por él mismo tras la muerte del sumo pontífice Francisco, es elocuente.
Quiere ser reconocido como una autoridad moral, no solo política. Su narcisismo no tiene límites. No obstante, esa imagen, además de un símbolo, parece un retrato de su alma; se ve a sí mismo como ungido. Tal y como precisaba Jordi Basté, Trump no solo hace ostentación de su poder. Va más allá. “Con esta imagen Trump no busca solo seguidores, pretende fieles”. Pretende ser venerado, no solo obedecido. Él se encuentra por encima del bien y del mal. Lamentablemente, el presidente de EE.UU. presume de no haber leído libros. De hecho, no se recuerda haberle oído pronunciar una cita de una autor clásico o contemporáneo. Y, sin embargo, aunque ignore la existencia de la filósofa judía, Hannah Arendt, Donald Trump, paradójicamente, ha hecho suyas las palabras de la pensadora de origen alemán, perseguida por el nazismo.
Sobre todo, cuando después de haber llegado a EE.UU. como apátrida advertía: “mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no pueda distinguir entre verdad y la mentira no puede diferenciar entre el bien y el mal. Y un pueblo privado del poder de pensar y juzgar, está sin saberlo completamente sometido al imperio de la mentira. Con gente así, puedes hacer lo que quieras”.
F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA.