El cartel de Barceló

Publicado el 28/05/2025 a las 05:00
Han pegado en las paredes el cartel de la Feria del Toro de Pamplona, que es un Se Busca inverso, un poco el anuncio de la gloria y de la ejecución del infortunio y la tristeza en el cadalso del ruedo público. El cartel de la feria funciona del revés que los demás carteles, pues los sanfermines no hace falta anunciarlos, así que es un cartel para recordar unas fiestas, más que para pregonarlas. Que se viene San Fermín lo notamos en las pelusas de las chopas que vuelan como astronautas por las calles, en los nervios de las reservas, los planes, los abonos que son lo contrario de un suicidio y una promesa de futuro en blanco y rojo. En el miedo al despertarnos tres cuartos de hora antes que de costumbre en un sobresalto de hornacinas.
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Ratzinger comenta en su ‘Jesús de Nazaret’ que la palabra de la oración invierte el proceso del habla, pues de normal, primero sucede el pensamiento que desencadena el verbo y, en la oración, es la palabra por sí sola la que acoge la posibilidad del sentimiento que se concita. Todo lo que vivamos del seis al catorce quedará para siempre cosido a una imagen que será icónica y no sabemos aún de qué. Qué bailes nos traerá el cartel de Barceló, con ese toro estrellado, ese grana que es de sangre de toro en el peto, de varetazo y coscorrón en la Cuesta, de tomate de borde de bocata de magras y de churrete de vino en la camisa después de haber bebido de la bota de Las Tres ZZZ.
Qué bóveda de cielos nos cubrirá en la plaza, azules como de acuarelas de Javier surcadas con globos que se escapan de las manos de los niños. Qué rotundidad de toros, con esas cepas claras y gordas, adornarán las cabezas que colgarán en las paredes del mañana. Qué toreros livianos se pondrán delante, transparentes como si fueran de telaraña, pálidos y fantasmales espíritus a los que la muerte traspase como un rayo de astas cuando se haga el milagro y no se hieran. Qué arrancadas al caballo, qué pares de banderillas, qué glorias, atragantones y volteretas, qué castañazos en la cuesta, qué vomitonas de miedo y de resaca, qué temblores y abrazos, y cuánta felicidad cabrá ahí dentro, como un recuerdo, cuando todo haya pasado, y ahora solamente estamos empezando a imaginarlo.