"Los partidos y líderes autoritarios van ganando terreno. Toda esta dinámica, ¿por qué se ha creado? ¿A quién favorece?"

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Javier Otazu

Publicado el 25/05/2025 a las 05:00

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha creado un nuevo orden mundial (NOM). Se agudiza la lucha por los recursos de los que dispone la economía global y el caso de los aranceles es tan solo un ejemplo. Los partidos y líderes autoritarios van ganando terreno. Toda esta dinámica, ¿por qué se ha creado? ¿A quién favorece? ¿A quién perjudica? Y lo más importante, ¿cómo se percibe? 

Antes de responder a estas preguntas, debemos indicar unos conceptos básicos de políticas económicas y de democracias. Sin comprenderlos, la argumentación posterior se queda coja. Las políticas económicas son fiscales o monetarias. Las primeras las realizan los gobiernos, las segundas los bancos centrales. Las políticas fiscales expansivas tienen como prioridad aumentar la renta del país y bajar el desempleo. Consisten en subir al gasto público y bajar impuestos. Su coste: un aumento de la deuda pública que cristalizará en más pagos de intereses futuros. Por lo tanto, las políticas fiscales contractivas, que bajan el gasto público o suben impuestos, se hacen para bajar la deuda pública con el coste de tener menos renta y más desempleo. El problema: como el coste del aumento de la deuda pública se diluye en el tiempo, los gobiernos gastan más de lo que deberían. Respecto de las políticas monetarias, su propósito es que el dinero que circula en la economía esté equilibrado. 

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Son expansivas si aumentan los medios de pago mediante bajadas de tipo de interés o compras de activos financieros. En caso de exceso monetario habrá inflación; por lo tanto, se aplican políticas contractivas (contrarias a las anteriormente expuestas) para que los precios se estabilicen. El problema: una gran expansión monetaria ha colocado gran parte de ese dinero en los mercados financieros. Los ganadores han sido los grandes fondos de inversión. La prueba: se acaba de retirar el “oráculo de Omaha”, Warren Buffet. Su método para crear riqueza era el denominado “value investing”, consistente en comprar acciones de empresas infravaloradas. Durante los últimos años, sin embargo, la mejor estrategia ha sido la de crecimiento: empresas en rápida expansión… asociada al incremento de la masa monetaria. En resumidas cuentas, estas políticas han acrecentado de forma exorbitante el poder de muchos gobiernos (manejan unos presupuestos enormes) y el de fondos que disponen de cantidades superiores al PIB de países….como España. Desequilibrio total.

Respecto de las democracias, pensemos en el Cónclave donde ha salido elegido el papa León XIV. ¿Qué habría pasado si los votantes hubiesen sido todas las personas con una partida de nacimiento realizada por la Iglesia Católica en lugar de los cardenales? ¿Es nuestro sistema el más eficiente para que nos gobiernen los más preparados? Seguramente, no. Por esa razón muchos ciudadanos, enfadados, eligen opciones extremistas. Y las élites, a lo suyo: “no saben votar”. Lo que no dicen: “no está tan mal. Apliquemos un cordón sanitario y podemos seguir viviendo del cuento”. Se ha abierto un debate acerca de si estamos mejor que hace diez años o no. ¿Han aumentado las infraestructuras? ¿Son mejores los servicios públicos? ¿Se perciben estrategias de competitividad que no estén formadas por una cacareada foto en la que se vende la “marca Navarra”, la “marca del progresismo” o la “marca de la libertad”? Las respuestas están claras. En la actualidad, partidos políticos, gobernantes e incluso grandes empresas aplican estrategias para modular percepciones. Las explica muy bien Robert Greene en su obra “las 48 leyes del poder”. Son cinco pasos para crear una secta.

Uno. Hacerlo vago y sencillo. No se deben aplicar acciones; se deben usar palabras para difuminar, engañar y ocultar la realidad. Los discursos deben incluir dos elementos: la promesa de algo grande mezclada con una vaguedad total.

Dos. Enfatizar lo visual y sensual sobre lo intelectual.

Tres. Tomar prestadas las formas de la religión organizada para estructurar el grupo.

Cuatro. Ocultar las fuentes de ingresos sin revelar que la riqueza procede de los bolsillos de los seguidores.

Cinco. Establecer una dinámica de nosotros contra ellos. Para ello, es prioritario que los miembros del grupo se sientan en un club exclusivo, un club con un propósito superior. Este vínculo es más fuerte si existe algún enemigo. ¿No existe? No hay problema. Se inventa uno.

Pensemos en los mensajes que recibimos en los medios, en especial en aquellos que pretenden estimular una compra o inversión concreta, un uso del tiempo determinado o incluso una orientación ideológica. Muchos de ellos tienen una gran relación con las ideas anteriores. A eso se le deben sumar dos aspectos adicionales con gran influencia en nuestro comportamiento. Uno, la creación de adicciones como modelo de negocio. No sólo pantallas: alimentación, tabaco, experiencias, viajes. Dos, la realización de actividades y pautas de pensamiento que seguimos por el temor que origina el hecho de no sentirnos validados socialmente. Dejemos resumir a Antonio Cánovas del Castillo la esencia de estas líneas: “No hay más alianzas que las que trazan los intereses, ni las habrá jamás”.

Javier Otazu Ojer. Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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