Sociedad del cansancio
"La revolución digital y sus aplicaciones han transformado los fundamentos y dinámica de la sociedad"

Publicado el 16/05/2025 a las 05:00
El premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025 ha sido otorgado recientemente al pensador de origen coreano Byung-Chul Han. El jurado ha destacado, entre otros méritos, su “brillantez para interpretar los retos de la sociedad tecnológica”. Nacido en Seúl en 1959, se formó inicialmente en ingeniería metalúrgica. Después, cursó estudios en Alemania: de Filosofía, así como de Teología y Literatura. Desde hace años, tras realizar su Tesis Doctoral sobre el pensamiento de Martin Heidegger, es profesor en la Universidad de Bellas Artes de Berlín.
Autor prolífico de libros como La sociedad del cansancio, La expulsión de lo distinto, o La desaparición de los rituales, examina con mirada de cirujano los efectos de las nuevas tecnologías, así como el individualismo ilimitado que nos circunda. Sus obras, traducidas a más de cuarenta idiomas, tienen gran eco entre lectores de diversas generaciones. Son como un fresco sobre la realidad, y aportan un diagnóstico claro e incisivo, al tiempo que una advertencia.
La revolución digital y sus aplicaciones han transformado los fundamentos y dinámica de la sociedad. Cada día que pasa el algoritmo se erige en una especie de soberano que orienta nuestras elecciones y decide por nosotros. De una u otra forma nuestra atención se encuentra a su merced. Podría decirse que ha sido secuestrada.
La experiencia y formación intercultural de Byung-Chul Han le permite profundizar sobre los procesos de deshumanización, digitalización y aislamiento, tan habituales en la sociedad digital que nos rodea, en la que las personas dejan de ser sujetos para convertirse, principalmente, en un conjunto de datos operativos.
Defiende que vivimos en un enjambre digital de individuos aislados, en celdas incomunicadas, en medio de una sociedad “pornográfica” en la que todo se transmite y visualiza con imágenes. Nos comportamos como náufragos en las redes sociales en las que no hay comunidad, solo egos superpuestos.
De hecho, nos mostramos y exhibimos sin rubor. Nos desnudamos por doquier, pero no escuchamos al otro. No lo tenemos en cuenta. Mientras tanto, la hiperconexión continua destruye el silencio, así como la capacidad de concentración y se convierte en una especie de totalitarismo invisible. Perdemos día a día empatía y autenticidad. Nos extraviamos.
Las consecuencias patológicas de ese modo de actuar son manifiestas: incremento de personas que padecen depresión, déficit de atención, hiperactividad, síndrome de agotamiento (burnout), problemas de visión, amén de un narcisismo exacerbado en medio de un ruido constante que nos aturde.
Byung-Chul Han analiza y compara la diferencia entre el modelo de sociedad disciplinaria precedente que se apoyaba en mandatos y prohibiciones externas, frente a la sociedad actual en la que los ciudadanos se dedican a explotarse de forma autónoma a sí mismos, a agobiarse, con los efectos subsiguientes de malestar, cansancio, indiferencia al otro, y a veces comportamientos lesivos con autoviolencia.
Sin embargo, su último libro, El espíritu de la esperanza, constituye un cambio de dirección en su trayectoria intelectual. El texto insiste en que necesitamos llevar a cabo una revisión radical de nuestro modo de vida, e invita a erigir la esperanza en un proceso de emancipación y de conquista cotidiana.
El pensador coreano reflexiona sobre cómo la esperanza puede ser un antídoto frente a la parálisis y la abulia moral que caracterizan el tiempo presente, proponiendo un camino hacia la acción, la participación y la convivencia con los demás. Nos advierte a su vez, sutilmente, de que no hay primavera sin cuidado, que no siempre regresan las golondrinas…
A lo largo de la obra insiste en que la vida es un quehacer diario. El ser humano siempre vive entre expectativas, proyectado hacia el futuro, en gerundio, haciéndose, planificando en pos de alcanzar lo que anhela. De ahí que, en tiempos de aislamiento y de brumas, con individuos rodeados de pantallas, pero aislados, ajenos a las relaciones personales tan necesarias e insustituibles como gratificantes, la esperanza se convierta en una especie de estrategia.
Una estrategia satisfactoria que nos permita hacer frente al pesimismo y a la pasividad, que deje de lado al narcisismo pueril y mezquino, así como al desmoronamiento de las certezas del pasado que han ido diluyéndose progresivamente dejando como estela un vacío existencial.
Porque en última instancia necesitamos abrirnos al otro, salir de ese marasmo que nos adocena, recuperar la iniciativa y dejar de ser abducidos por los artilugios digitales. “La esperanza no aísla a las personas, sino que las vincula y reconcilia”.
F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA