75 años de la Declaración Schuman y el desafío de una solidaridad por construir


Publicado el 09/05/2025 a las 09:52
El 9 de mayo de 1950 constituye una fecha clave en la historia de un continente aún devastado por la guerra. En un contexto de profunda reconstrucción, el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Robert Schuman, pronunció una declaración en la que proponía la puesta en común de las industrias del carbón y del acero entre los países europeos, estableciendo así los cimientos de una comunidad supranacional orientada a la paz y la cooperación. En sus propias palabras: «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto; se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho». Esta propuesta fue concebida por Jean Monnet, entonces comisario general del Plan francés y principal arquitecto intelectual del proyecto, junto a su equipo, durante unas negociaciones discretas que se extendieron hasta la madrugada de aquel mismo día. La noche del 8 al 9 de mayo, en el Quai d’Orsay, no solo se redactó una declaración: se formuló una visión inédita de la reconciliación europea. Por ello ha sido calificada como una idea a medianoche: un gesto de audacia política, nacido en la incertidumbre, pero impulsado por la convicción firme de que la paz debía construirse sobre la base de la interdependencia y la cooperación voluntaria.
En los 75 años transcurridos desde entonces, la construcción europea ha sido todo menos lineal. A lo largo de las décadas, el proyecto de integración ha avanzado a través de tratados sucesivos como el Tratado de Roma en 1957, Maastricht en 1992 o Lisboa en 2007, junto con las distintas ampliaciones a nuevos países miembros, y transformaciones políticas y económicas de gran trascendencia como la creación del mercado único, la moneda común o la ciudadanía europea. Sin embargo, este recorrido también ha estado marcado por crisis que han puesto en duda la profundidad de la solidaridad europea. Entre ellas destacan el fracaso del Tratado Constitucional en 2005, la gestión desigual de la crisis migratoria de 2015, y las políticas de austeridad aplicadas tras la crisis financiera de 2008. A ello se suman el Brexit en 2020, la pandemia de COVID-19, la invasión rusa de Ucrania, así como las crecientes dificultades para mantener los objetivos comunes en un escenario internacional cada vez más tenso y con un multilateralismo en retroceso. Cada una de estas crisis ha puesto a prueba la capacidad de la Unión para actuar como un espacio político cohesionado, revelando las tensiones persistentes entre los intereses nacionales y la vocación supranacional del proyecto europeo.
En este contexto, la idea de una solidaridad de hecho cobra una renovada vigencia. Schuman, Monnet y los demás padres fundadores no concebían la unidad europea como una arquitectura institucional perfecta, sino como una respuesta pragmática a una vulnerabilidad compartida. Hoy, esa vulnerabilidad adopta nuevas formas: crisis climática, tensiones geopolíticas, amenazas a la democracia, polarización social. La Unión se enfrenta a una época de transformación en la que ya no puede contar con los equilibrios del pasado. La redefinición del equilibrio internacional obliga a Europa a afrontar de forma simultánea presiones externas y fisuras internas. La pérdida de referencias estables en la relación transatlántica, junto con dinámicas geopolíticas que utilizan la interdependencia como herramienta de coerción, se entrelazan con una erosión creciente del consenso europeo dentro de sus propias fronteras. En este escenario incierto, avanzar hacia una autonomía estratégica ya no es un ideal abstracto, sino una necesidad operativa para preservar la cohesión y la capacidad de acción de la Unión. Como advirtió la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en su discurso sobre el Estado de la Unión de 2024, «la era del dividendo de la paz ha terminado».
Hoy, la solidaridad ya no puede limitarse a ser un principio normativo o un valor inscrito en los tratados. Debe expresarse en políticas públicas concretas y eficaces, capaces de generar confianza en las instituciones europeas: en la transición ecológica, que no puede dejar atrás a las regiones más vulnerables; en una política migratoria común que respete los derechos humanos sin caer en respuestas exclusivamente securitarias; en el apoyo real y sostenido a los países candidatos del Este que hoy miran a la UE como garantía de soberanía, seguridad y libertad. Pero también en la defensa activa del Estado de Derecho, en la lucha contra la desinformación, y en la revalorización del papel de la ciudadanía en el proceso de integración. La solidaridad se convierte, en este marco, no solo en una condición para la estabilidad del proyecto europeo, sino en su razón de ser más profunda y duradera.
El 9 de mayo no debe ser una efeméride más en el calendario institucional europeo. Es una invitación a recordar que Europa nació de una renuncia: a la soberanía absoluta, a la lógica de bloques, a la revancha nacionalista. Su fuerza reside precisamente en ese acto fundacional de cooperación voluntaria. Volver a la idea a medianoche no significa idealizar el pasado, sino asumir la responsabilidad de continuar una obra siempre inconclusa. En tiempos de guerra en el continente, el mensaje de Schuman resuena con más fuerza que nunca: la paz no es un legado garantizado, sino una construcción diaria. Y solo una solidaridad real, estructural y sostenida puede hacer posible ese futuro común que, hace 75 años, parecía apenas una intuición nacida en la oscuridad. Por eso, el 11 de mayo saldremos a la calle. En la Plaza de Callao de Madrid, y en otras ciudades de España, nos reuniremos para celebrar lo que Europa ha sido, pero sobre todo para reivindicar lo que aún puede ser: un proyecto de esperanza compartida.
Delia Dinca, Xabier Fernández, Iñaki Ranz, Irene Resano, Vania Samperio. Portavocía de Equipo Europa Navarra