"Como si la realidad quisiera darle la razón, al poco nos dimos de bruces con el apagón y todo el mundo empezó a proclamar, como Pombo, lo frágiles que somos"

Actualizado el 04/05/2025 a las 23:31
Tuvo mala suerte Pombo, pues el acto de entrega del bien ganado premio Cervantes coincidió con la reciente muerte del Papa que lo ocupaba todo, y quedó esquinado, apenas unos minutos en el telediario, así que tuve que buscar en YouTube para verle por fin en Alcalá con pinta de baldado, en silla de ruedas, con su cara afilada y su gorro de lana de rapero, siguiendo atentamente sus propias palabras leídas por un amigo, pues a él le faltaba el resuello, y en ellas hizo un canto a la fragilidad, lo que era muy oportuno, pues era su condición, y también, de paso, la del Quijote, loco y cuerdo a la vez, y del mismo Cervantes, que nunca tuvo un buen pasar ni acomodo, ni tuvo honor ni premio alguno.
Y como si la realidad quisiera darle la razón, al poco nos dimos de bruces con el apagón y todo el mundo empezó a proclamar, como Pombo, lo frágiles que somos, lo vulnerables, cayéndose del guindo, como cada vez que la realidad nos da una bofetada, que es cuando debiéramos ser más cervantinos, o quijotescos, y sacar fuerzas de flaqueza, acometer si hace falta a tanto enchufado que gana un dineral en la cosa y no ha hecho nada, a quienes decían ayer que esto era imposible y hoy se ocultan y tantos que se aferren al poder, dispuestos a cualquier cosa, pues de él dependen sueldos y regalías. Todo es frágil, todo cae y se quiebra, comprueban, así que aprovechemos el momio. Y mientras tanto ahí está el quijotesco Pombo y su premio, una ocasión para que un rey lea un buen discurso frente a la media sonrisa de un novelista viejo y bregado, un filósofo.
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Dice Pombo que ser gay, como lo es él, es un regalo de Dios, pero que hay gays muy pelmas, y dice además que hay que creer en pocas cosas y reírse de lo demás, incluido uno mismo, y en su último libro, El exclaustrado, retrata a un hombre encerrado en su casa leyendo y viene a decirnos que vivir solo de libros es algo triste, que hay que salir al encuentro de los otros y de la vida, y después si acaso meterla como él en los libros, entre tantos engañadores, para hacerlos verdaderos.