La libertad de prensa y la de expresión

Publicado el 03/05/2025 a las 05:00
La Asamblea General de Naciones Unidas declaró en 1993 que cada 3 de mayo se celebre el día de la Libertad de Prensa. Este año está dedicado a reflexionar sobre los pros y contras de la irrupción de la Inteligencia Artificial en el tráfico de la comunicación. Más adelante, el 20 de septiembre, se conmemora el día mundial de la Libertad de Expresión de Pensamiento. Conviene advertirlo, porque suele ser mal síntoma que haya que recordar al mundo que existen derechos fundamentales como el de información, de opinión o de creación artística. Con el día de la libertad de prensa se intenta recordar que el propósito de los medios es el de garantizar la libertad de información de la gente, no desde la uniformidad, ni del sectarismo, ni del populismo, ya que un periodista profesional, buscador de noticias e historias, suele ejercer la libertad de información desde la ética, con responsabilidad social, muy alejado del ruido de las redes sociales donde, en demasiadas ocasiones, se esconde la mentira y la manipulación pero, paradójicamente, bajo el amparo de la libertad de expresión.
Y en este campo es donde puede interferir el papel de la IA como motor de difusión de falsedades, de contenidos supremacistas o bien puede actuar como emisor de datos ciertos que recopila gratis desde las fuentes de los medios de comunicación tradicionales. El peligro es cuando la IA se manifiesta en su peor versión como control de periodistas, contenidos y reductora del abanico de opiniones. Es por lo que cada vez son más las voces que reclaman un Pacto Digital Global.
El 3 de mayo también sirve para subrayar la lucha contra la desinformación y la presión de los poderes políticos, pero, sobre todo, para recordar a los periodistas perseguidos y asesinados por ejercer su trabajo. (211 profesionales muertos desde que comenzó el conflicto de Gaza, algunos en las tiendas de campaña de los campamentos de medios de comunicación) Por eso, por la presencia de testigos con cámara, la libertad molesta a los regímenes dictatoriales, porque la libertad de expresión, tradicionalmente, se ha considerado como condición de la democracia. Se podría afirmar, incluso que, ante la censura como práctica de los tiranos, la libertad de expresión ha garantizado la paz y la democracia en buena parte de Europa y Estados Unidos durante 80 años.
Pero no todos son malas noticias para la prensa. Ahora que se afirma que Trump está ganando en su batalla contra los periodistas, suenan voces en su contra. Posiblemente, en este momento, el medio americano de referencia ejerciendo una oposición radical a la política de Trump es una revista fundada en 1857: The Atlantic. Y habría que recordar la demanda en forma de grito contra la Administración trumpista por parte de la universidad de Harvard, la número uno del mundo desde hace 14 años, reivindicando su trabajo por la verdad, por el conocimiento y por la libertad de opinión de profesores y alumnos. Ningún gobierno debe dictar lo que la Universidad debe enseñar e investigar, ni censurar o seleccionar a su profesorado, subraya la universidad por la que han pasado por su claustro 161 premios Nobel, y que ve retenidos sus fondos de ayuda gubernamental.
Ya que la libertad de prensa y libertad de expresión son parientes cercanos, deberíamos reconocer que, a otra escala más reducida, en pocas ocasiones como ahora se ha hablado tanto de libertad de expresión en nuestro entorno. Debates enriquecedores sobre la libertad de expresión de Miguel Ángel Revilla, o sobre la sentencia a favor de la difusión del libro El Odio, sobre Juan Bretón, el asesino de sus propios hijos en Córdoba. ¿Qué debe prevalecer? ¿La protección de las víctimas o la libertad de expresión en torno a una literatura del horror como la que practicaba Truman Capote?
Hasta la serie de moda, Adolescencia, indirectamente entra en el debate sobre la conveniencia o no de una censura en las redes al dar a entender que los más jóvenes son rehenes de slogans fetiche a favor de contenidos de todo tipo: homofobia, racismo, supremacismo, negacionismo climático, antivacunas, antifeminismo... O contenidos misóginos, violentos y pornográficos. ¿Actuar contra la libertad que inflama las redes, que miente, polariza, aumenta la intolerancia, el radicalismo o la cosificación de las mujeres? El Tribunal Supremo suele recordar que para nuestra Constitución la libertad de expresión es un derecho fundamental. Sin embargo, no se puede afirmar que todo vale en las redes sociales toda vez que ha pasado inadvertida una reciente sentencia del Tribunal Supremo ratificando la condena a un tuitero que lanzó mensajes “denigrantes” contra un niño de 8 años gravemente enfermo y aficionado a los toros después de que este participara en un festival benéfico taurino en la plaza de toros valenciana para recaudar fondos para la Fundación Oncohematología infantil en 2016.
¿Cómo contemplar el arte, la literatura, el teatro, la política, el cine o los medios de comunicación sin libertad de pensamiento y expresión?
Gabriel Asenjo. Doctor en Ciencias de la Información