"De vuelta al hotel, vimos en la tele el desfile de gente que acudía a despedir al Papa, con ese palpable sentimiento de orfandad"

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Pedro Charro

Actualizado el 27/04/2025 a las 22:05

Bajaba muy crecido y revuelto el Vézere al encuentro del caudaloso Dordoña, pues es sabido que en Francia los ríos son de otra categoría, que le vamos a hacer, y cuando paró de llover recorrimos sus orillas casi anegadas, contemplando los pueblos encaramados a las rocas que se miran en él. Y subiendo un poco pudimos apreciar el dilatado paisaje del Périgord, sus colinas amables, su feraz campo que la primavera ha llenado de matices de verde y de amarillos, de flores y de la visión de granjas de piedra y pizarra. Y a tiro de piedra se podían ver los viejos castillos a ambos lados del río, vigilándose, como si fueran los tiempos en que católicos y hugonotes se hacían la guerra. 

Luego, de vuelta al hotel, vimos en la tele el desfile de gente que acudía a despedir al Papa, con ese palpable sentimiento de orfandad, no en vano era la figura de un padre el que se había ido, y esa larga fila parecía también un lento río que pasaba para verlo unos segundos dentro de una caja de madera muy sencilla. Todo un símbolo, pero que a la vez reposaba frente al altar de la gran basílica de San Pedro, con su gran baldaquino de Bernini y sus naves de mármol, tendido su cuerpo bajo la cúpula de Migue Ángel, rodeado del boato y los rituales precisos, escrutado por los cardenales multicolores en formación que ya estaban, dicen, haciendo quinielas sobre el posible sucesor. 

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Y este contraste entre la voluntad de no ser nada, de hacerse pequeño de Francisco, frente a la cruda realidad del entorno y el peso de los siglos, la solemnidad de los funerales en que los jefes de estado aprovecharán para ultimar algún asunto, esta contradicción entre lo pequeño y lo grande, la luz y las tinieblas, el pecado y la gracia, la fe y los objetivos más nobles junto a los enredos e intereses, tal vez fueran el mejor resumen de su mandato, y quizás de la misma Iglesia y si apuramos de cualquier empeño humano: el tira y afloja entre la realidad y el deseo, entre lo que se predica y lo que se es, lo que se quiere y lo que resulta posible, el abrir las puertas o entornarlas.

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