"Premio Nobel, guapo, rico, famoso, rodeado de mujeres hermosas… ¿Cómo no iba a despertar envidia?"

Publicado el 27/04/2025 a las 05:00
Mario Vargas Llosa se nos murió entre columna y columna y, aunque hoy la actualidad se centra en otro cadáver exquisito -el de Bergoglio- dejaré en paz al Santo Padre por la cuenta que me trae. Murió Mario Vargas Llosa y no tardaron en salir escritores perfectamente olvidables a quienes les escandaliza que el novelista hispanoamericano no fuese tan de izquierdas como Gabriel García Márquez -gran devoto de las dictaduras- o Julio Cortázar, que era de izquierdas a su manera inocente y surreal. Ningún fanático entiende que un individuo pueda cambiar de opinión.
Entre mis perversiones confesables está sintonizar de vez en cuando Canal Red, el púlpito catódico de Pablo Iglesias. Y allí comparecía de tertuliano orgánico un escritor de mi generación al que no le sonrojaba hablar sobre el miedo que supuestamente da “el resurgir de Podemos”, mientras un titular corría de derecha a izquierda bajo su soberbia de humilde defensor de los pobres: “Muere Mario Vargas Llosa, referente global de la ultraderecha y colaborador de El País”. Eunucos. Ni siquiera el escritor que en tan alta estima tiene su talento, fue capaz de escribir La ciudad y los perros a los veinticinco años; o trasmutar su pasado comunista en un monumento como Conversación en la catedral; o desplegar las principales técnicas narrativas de vanguardia en el puzle de La casa verde; o transmutar el humor y el sexo en una delicia como Pantaleón y las visitadoras.
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Hay tantas obras de Vargas Llosa como gustos literarios: la perfección breve de El hablador, sus ensayos sobre Flaubert o Juan Carlos Onetti; también la que a mi parecer fue su última gran novela, La fiesta del chivo, en la que retrata el final del atroz dictador Trujillo, un relato cuyo motor narrativo funciona como el de un Mercedes Benz. Incluso los lectores hallarán su lectura en el declive del novelista, que ya era más que apreciable en El sueño del celta. Premio Nobel, guapo, rico, famoso, rodeado de mujeres hermosas… ¿Cómo no iba a despertar envidia? Y además, liberal. Imperdonable.