Francisco: pontífice y siervo


Publicado el 27/04/2025 a las 05:00
Un amigo, con la mejor buena fe, me ha remitido uno de los muchos textos que circulan en la red, cuestionando la trayectoria del fallecido papa Francisco y denunciando los males que ha causado a la Iglesia, que deja “herida de muerte”. Desde el afecto y la discrepancia expreso que esta actitud no es nueva ni en la historia de la Iglesia ni en la sociedad en la que vive, porque siempre han existido, ante todo cambio, hecho histórico o la vida misma, actitudes extremistas tanto conservadoras como innovadoras, más o menos radicales. En la comunidad católica, como en toda organización con fundamentos religiosos o ideológicos, hay dogmáticos, esencialistas, inquisidores y cruzados de la causa que son “más papistas que el Papa”.
Cada cristiano ejercita su libre albedrio con su mayor o menor fe, cultura religiosa y formación intelectual, en una sociedad más o menos secularizada, con los condicionamientos de su medio personal, familiar y socio-económico. Todo ello nos hacer tener distintas sensibilidades y valoraciones de cuanto acontece. Esta es la grandeza de los valores de la libertad propia y ajena y del respeto a las personas. Reconocer y respetar el pluralismo humano total nos lleva a aplicarlo, también, al hecho religioso, aun siendo este un ámbito de libertad limitado en cuanto en toda confesión religiosa hay dogmas, principios y valores, que se aceptan para pertenecer a la comunidad de los fieles, con actos de fe o convencimiento racional si este es posible. En la ortodoxia está la pertenencia y en la heterodoxia la exclusión que sólo pueden practicar quienes tienen el magisterio, no los inquisidores sin autoridad ni potestad para hacerlo. Entre ambas hay un gran espacio para la libertad de los hijos de Dios que, no olvidemos, es Padre del hijo pródigo y pastor de las ovejas descarriadas.
El momento de la muerte suele ser el de los elogios, los reproches y la apropiación interesada de la imagen y legado por todo tipo de necrófagos, quienes cuanto mayor sea el rango con más intensidad la practican. Así ha sido con el papa Francisco por los católicos que se ensañan con sus descalificaciones. Nada nuevo bajo el sol, porque nuestros comportamientos son cambiantes y contradictorios por prejuicios, falta de perspectiva y visión histórica. En definitiva, por ser “humanos, demasiado humanos” sin que lo podamos remediar porque están en nuestra condición de seres limitados. La historia de la Iglesia lo es de heterodoxias, herejías, cismas y sectas, junto a persecuciones, entregas generosas y santidad.
En la trayectoria vital y religiosa del papa Francisco hay una familia, una formación en la Compañía y una sociedad que le llevaron a ser el “pontífice” inspirado por la fe y la caridad, no por la jerarquía del poder y la riqueza. Fue constructor de puentes entre las personas de toda clase y condición, asumiendo la igualdad esencial y los valores de todas, aunque lo ignorasen o lo vieran con ojos distintos. Para eso se identificó con los humildes, a los que pertenecía, trabajando por su dignidad y mejora humana; porque sabía quién era y de dónde venía nunca se desclasó. La elección del nombre fue un acto de voluntad de asumir la pobreza y el mensaje de Francisco de Asís “il poverello” (el pobrecito), que eran los de Jesús de Nazaret.
Francisco no fue un aristócrata ni en la sociedad ni en la Iglesia, sino el pastor que conocía y amaba a sus ovejas, “siervo de los siervos de Dios”. Asumir esta condición ya fue discutido y defendido en el siglo VI por San Gregorio Magno frente al sentido hierático e imperial del arzobispo de Constantinopla. Es puramente evangélica: “Sabéis que los jefes de las naciones gobiernan imperiosamente y los grandes mandan autoritariamente. No ha de ser así entre vosotros; antes quien quisiere entre vosotros venir a ser grande, será vuestro servidor; y quien quisiere entre vosotros ser primero, será vuestro esclavo: como el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mateo, 20, 25-29). Francisco, pura y simplemente, fue congruente.
Dentro de las cosmovisiones que se pueden apreciar en el catolicismo (mística, social, hierática/jerárquica), Francisco perteneció claramente a la “social”, aunque cada Papa es diferente, porque lo es la persona y el mundo al que sirve. Ha aportado valores inspirados en la concepción del ser humano redimido y de la Iglesia como pueblo de Dios, unido por la fraternidad universal, el amor, el perdón, la esperanza, la opción por los desfavorecidos, marginados y discriminados, el compromiso con la justicia, la libertad, la paz, los derechos humanos y sociales, el medio, el ecumenismo, la ética anticapitalista, el diálogo interreligioso, intercultural y social, adaptados a las circunstancias de la universalidad católica. Su antropología optimista y de esperanza ha estado en la estela de Juan XXIII y Pablo VI, y la doctrinal en las encíclicas Laudato Si (2015) y Fratelli tutti (2020) dio continuidad a las precedentes Rerum Novarum (1891), Pacem in Terris (1963) y Lumen gentium (1964). También entonces algunos rezaron por la conversión del Papa.
Quienes vamos avanzando en edad, observamos que la “barca del pescador” sigue navegando por toda clase de mares y derrotas, con distintos pilotos, pero, para los creyentes, siempre protegida por el Espíritu. Podemos decir con el Magníficat de María, que Francisco asumió en su entrega: “desbarató a los soberbios en los proyectos de su corazón; derrocó de su trono a los potentados y enalteció a los humildes; llenó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos” (Lucas 1, 51-54).
En la hora del “adiós” hago mías las palabras del cardenal navarro Bustillo: El papa Francisco “humanizó la Iglesia sin banalizarla ni desacralizarla”. Requiescat in pace.
Juan-Cruz Alli Doctor en Derecho, Humanidades e Historia