Asiron y la ciudad educadora

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Luis Landa

Publicado el 27/04/2025 a las 05:00

Todos sabemos que la educación es la base para desarrollar una buena convivencia. Porque una ciudad ejemplar debe satisfacer al contribuyente en su faceta integral. Por eso, la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras va más allá de la escuela y promueve el aprendizaje permanente de toda la ciudadanía a lo largo de su existencia.

La AICE nació en 1990, aunque podemos remontarnos a 1972, cuando el escritor francés Edgar Faure preparó una carta para la UNESCO titulada “Aprender a ser”, cuya base es “todo individuo debe tener la posibilidad de aprender durante toda su vida. La idea de educación permanente es la clave del programa de la ciudad educativa”. Se pretender no limitar la enseñanza al período escolar, sino ampliarla a adultos y seniors hasta su conclusión en este mundo.

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A raíz de este movimiento se inició el Primer Congreso Mundial de Ciudades educadoras que se celebró en Barcelona en 1990 con 70 ciudades de 20 países. Cada dos años se continuó celebrando en Gotemburgo, Jerusalén, Lisboa hasta nuestros días, con más de 500 ciudades de 36 países. Por tanto, ¿quiénes tienen que ser los promotores de este objetivo urbano? La ciudad, como comunidad de asentamientos humanos con una serie de servicios, y el impulso de los ayuntamientos. Pero con un complemento fundamental: el apoyo incondicional al ciudadano en su desarrollo educativo. De esta grave ausencia surge la Ciudad Educadora, que se define como sustancia viva, con alma, con un cuerpo que siente y con un corazón que ama y que se implica en la actividad del día a día. Porque la educación de cada vecino no se nutre solo de la escuela sino de todo el entramado de la ciudad. Pamplona se encuentra dentro de la Asociación Internacional desde 1995. 

Sus representantes no han sido muy propensos a desarrollar la Carta fundacional. En la actualidad, nuestro alcalde Asiron no parece muy dispuesto a implicar a todos sus vecinos para su formación y para su participación. Está demasiado obsesionado en resignificar Los Caídos, promover el vascuence al subvencionar decenas de asociaciones proeuskera, con festejos de barrios y revistas abertzales, editar carteles y bandos anteponiendo la lengua vasca, con el 8% de hablantes, al español; cambiando los letreros de las calles para imponer el vizcaíno y eliminar avenidas o plazas de nombres históricos pamploneses, como Eusa o Pascual.

Asiron realiza lo contrario de lo que predica la Ciudad Educadora, que interpela al alcalde para que active una armoniosa convivencia. Se trata de hacer porosas las universidades, los centros de enseñanza, los clubes sociales y culturales para que los valores de la sociedad entren e impregnen a los estudiantes y afiliados en una auténtica simbiosis e intercambio. Pero si enfrentamos a los vecinos en una batalla ideológica de nacionalistas abertzales contra foralistas y españolistas estamos incumpliendo las normas básicas para pertenecer a la Asociación. Si solo se gobierna para un mínimo de ciudadanos, afines a su ideología y de modo sectario, convertimos Pamplona en un hervidero de disputas y enfrentamientos. Según la AICE, Pamplona tiene que ofertar a sus habitantes una educación permanente, una formación en valores, que fomente la participación, el respeto, la tolerancia, la justicia social, la responsabilidad y el interés por los bienes públicos y por el bienestar de cada vecino. Ante este incumplimiento de la capital navarra con los deberes de la Carta fundacional, Asiron debería pedir la baja o la Asociación despedirla. En suma, Pamplona debería mantener una relación íntima entre la persona y la ciudad, de tal manera que la ciudad se humaniza y la persona se ciudadaniza.

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