"Estamos viviendo en estos momentos el españolísimo celo de borrar, de censura, de condenar el pasado, de juicio sumarísimo y de ignorancia"

Actualizado el 20/04/2025 a las 22:42
En España, se ha dicho a menudo, uno nunca está seguro de si el destino de una lápida, del nombre de una calle, o de un monumento no será el de ser destruidos o borrados, y es lo que estamos viviendo en estos momentos, el españolísimo celo de borrar, de censura, de condenar el pasado, de juicio sumarísimo y de ignorancia, y así se borra a Eusa, el hombre que ha dejado su impronta en Pamplona como nadie, y también al escritor Ángel María Pascual -ambos con méritos más allá de la politica- el más notable escritor navarro del pasado siglo, algo en lo que siempre ha existido consenso, falangista de primera hora -no suelen los poetas acertar en todo- y hombre con mala suerte que se quedó en Pamplona, capital de tercer orden, como él mismo la tituló, sin el relumbrón de otros escritores de su cuerda: los Torrente Ballester, Laín, Ridruejo, García Serrano, o el maestro de todos, Eugenio D’Ors, y desde aquí escribió sus libros y en los periódicos sus glosas a la ciudad, su crónica desesperanzada de una ciudad de la posguerra donde todo era pardo, que no era tanto ciudad, sino ciudadela, como él dijo: sin horizontes, encerrada en sí misma y que ahora le quita la calle -pequeña y a desmano- pero bien ganada a base de hacer poesía y prosa finísima en medio del tedio y la desesperanza. Aquí le han editado y glosado gente de todos los lados, es un autor que todavía se lee y hay quien dice que su barroquismo, su escritura sobrecargada a veces, era en el fondo una forma de protesta. Decía que literatura era una palabra demasiado grande para él, que él era periodista y tipógrafo, pero era un escritor de verdad, un Dante de provincias, y arrastraba el mismo halo de tristeza que tenía la vida en ese momento. Murió pronto, pero ya estaba desengañado, veía que el franquismo no iba a traer los ideales de justicia que ingenuamente proclamaba el falangismo. No tuvo suerte ni ahora ni antes, fue un vencedor que no ganó nada y al que se quiere castigar a deshora, porque la memoria que se pretende es la de brocha gorda y el triste olvido.