Trump: el rey desnudo

Publicado el 20/04/2025 a las 05:00
Cada día que pasa es fácil constatar que, tras declarar una agresiva guerra comercial, Donald Trump se ha visto forzado por los mercados financieros a dar un giro de 180 grados a su estrategia con el fin de evitar un colapso, tanto bursátil como económico, en su propio país. El presidente norteamericano pretendía generar una situación de máxima presión en la comunidad internacional, como hace habitualmente en las negociaciones que emprende, pero su plan no ha funcionado. En pocos días ha tenido que corregir el rumbo. En realidad, Trump, más allá de sus proclamas y amenazas, no buscaba acuerdos técnicos ni simetrías arancelarias.
Sin embargo, como consecuencia de esa iniciativa, EE UU se ha convertido en un actor político que genera incertidumbre institucional y desestabiliza la economía mundial. Nadie sabe realmente cuándo se alcanzarán pactos ni cuál será su contenido específico. Por otra parte, debido a su arbitrario proceso de toma de decisiones, tampoco es posible garantizar que, después, esos acuerdos lleguen a respetarse. Tucídides ya insistía, a este respecto, que en las guerras las palabras acaban perdiendo su significado. Aunque lleva poco más de cuatro meses en la Casa Blanca, es fácil advertir un deterioro progresivo en la política norteamericana: la libertad de expresión está viéndose quebrantada, incluso con deportaciones; las herramientas de control al poder, como la prensa, se devalúan, y la separación de poderes, inherente a todo sistema democrático, se ve cada vez más puesta en entredicho. Entre tanto, miles de científicos de alto nivel corren el riesgo de perder sus empleos en laboratorios y en centros de investigación de universidades prestigiosas.
A su vez, en el escenario internacional es fácil constatar cómo Donald Trump trata de demoler la arquitectura de alianzas y el espíritu de cooperación que había sido erigido durante décadas. Espíritu de concordia, que ha propiciado estabilidad global desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque, probablemente, no haya leído ninguna página de Friedrich Nietzsche, Trump ha hecho suyas, de forma temeraria y sin saberlo, las palabras del filósofo alemán cuando afirmaba: “Yo no soy un hombre, soy un campo de batalla”.
Es evidente por el rastro que dejan sus decisiones que Trump carece de capacidad y pericia política para resolver problemas, pero también adolece de escrúpulos morales. Cuando se dirige a los medios de comunicación no le importa hacer declaraciones soeces o racistas y mostrar actitudes discriminadoras, teñidas de xenofobia. El antiguo magnate inmobiliario defiende con beligerancia una especie de limpieza étnica a partir de un supuesto estado, homogéneo, de ciudadanos blancos y cristianos. Parece haber olvidado el origen y anatomía de la población estadounidense que ha sido, y sigue siendo, un crisol de culturas tan diversas como enriquecedoras.
Esa actitud arrogante que exhibe, prepotente, guarda estrecha relación con su carácter impregnado de narcisismo. De hecho, acostumbrado a posar ante los focos, a partir del programa en la televisión El aprendiz en el que ejercía de showman, Trump necesita ser admirado y temido, además de mostrar poder de forma ostensible y permanente.
Como buen narcisista precisa atraer la atención y sentirse públicamente digno de admiración. Megalómano, muestra delirios de grandeza y, de ahí, sus propuestas económicas tan infundadas como delirantes. Se siente con el derecho a cambiar la vida de los demás. Entre tanto, carente de empatía, denota una especial habilidad para manipular y seducir a sus votantes, mientras desprecia a quienes considera inferiores. No es de extrañar que mienta una y otra vez sin rubor alguno. Y sin límite.
Una vez más, tal y como advertía el escritor austríaco Stefan Zweig en los años 40 del siglo pasado, desde que Trump llegó al poder en EE UU “la mentira extiende descaradamente sus alas y la verdad ha sido proscrita; las cloacas están abiertas y los hombres respiran su pestilencia como un perfume”.
A través de un discurso populista defiende ideas vagas, genéricas que puede cambiar en cualquier momento como un comodín, sin criterio alguno, ofreciendo a cambio, demagógicamente, un supuesto bienestar y seguridad para los desfavorecidos socialmente: Make America Great Again.
Por todo ello, ni el escritor danés, Hans Cristian Andersen, autor del célebre cuento El rey desnudo, habría sospechado a mediados del XIX que la democracia más poderosa del mundo pudiera llegar a estar, dos siglos después, en manos de un presidente supremacista, grosero a veces, que ejerce un liderazgo autoritario de forma negligente.
Sin olvidar que Trump ha designado para puestos claves de su administración a personas cercanas de su entono pese a su inexperiencia, y que se ha rodeado de consejeros oportunistas y dóciles, incapaces de advertirle que su actitud empecinada acabaría desvelando su incompetencia y mostrando públicamente sus vergüenzas.
F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho, UPNA.