Sociología del dolor y del sufrimiento

Actualizado el 18/04/2025 a las 11:56
La llegada de la Semana Santa nos vuelve a poner frente a una realidad difícil de explicar: el sentido del dolor y del sufrimiento. En el transcurso de nuestra vida, todos pasamos por momentos en los que el dolor físico nos hace sufrir o el dolor moral deja caer en silencio lágrimas llenas de desencanto y amargura.
Todas las religiones han intentado dar un sentido al dolor y a la muerte. Para los musulmanes, por ejemplo, a las personas que soportan pacientemente el dolor les serán perdonados sus pecados. Para los cristianos, el valor del dolor nace de su conexón con el dolor de Jesús, cuya expresión máxima se dio en su pasión y muerte. Fue el mismo Jesús quien anunció que iba a ser condenado a muerte, pero que su muerte tenía un valor redentor. Fue él también quien aseguró “bienaventurados los que lloran y sufren porque de ellos será el reino de Dios”.
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Desde entonces, los cristianos no perciben el dolor y el sufrimiento como algo negativo, como un castigo por sus malas acciones, sino como un anclaje que les permite integrarse en la vida de Jesús. Insertar el propio dolor en el de Jesús. Las procesiones de Semana Santa, con sus Pasos, dejan de ser meras representaciones del largo y angustioso camino que un condenado a muerte, Jesús, recorre desde el patio del palacio de Pilatos hasta su crucifixión en la pequeña colina del Calvario. Las procesiones son, por un lado, reproducción y acompañamiento de las numerosas escenas descritas en los evangelios. Los creyentes quieren estar junto a Jesús en los momentos más duros y crueles de su vida, como la coronación grotesca y burlona de espinas, la subida penosa y asfixiante hasta la colina del Calvario y la dolorosa y cruel crucifixión, su agonía y muerte, mientras los fariseos se burlaban de su divinidad (“si eres hijo de Dios baja de la Cruz”), uno de los condenados le insultaba y su madre velaba su agonía, besando desconsolada sus pies perforados por los clavos y escuchaba el monótono chasquido de la sangre que golpeaba la tierra seca.
Por otro lado, y desde un punto de vista de la sociología de la religión, el fenómeno de la muerte y resurrección de Jesús, presentes estos días, en la memoria de miles de creyentes, constituyen un fenómeno de importante relieve social. No se trata simplemente de rememorar un episodio histórico de la vida de Jesús. Es algo que influye y determina la vida de millones de hombres cristianos. El camino del calvario, vía crucis, se reproduce en millones de ciudades y pueblos. La “Procesión del Santo Entierro” del Viernes Santo, que agrupa todos los pasos, sigue siendo un acto profundamente religioso. Y cuando los Legionarios levantan, con fuerza, hacia el cielo al Cristo Yacente, entonando el himno del “Novio de la muerte”, los creyentes sienten el emocionante contagio de una oración llena de dolor y de esperanza.
La sociología de la religión pone de relieve que estos actos comunitarios revitalizan los valores de la convivencia, la comprensión, el respeto mutuo y la colaboración. En algunos casos incluso el perdón. Sobre todo, dan sentido a la vida, al sufrimiento y a la responsabilidad social. No se trata de exhibir en las calles “Pasos” magníficos de la Pasión y Muerte de Jesús, sino de recuperar y hacer presente el dolor de un Vía Crucis largo y doloroso que tiene para el cristiano un sentido liberador y redentor.
Los medios de comunicación han hecho que para numerosos ciudadanos españoles y extranjeros, se conviertan las ciudades con mejores “Pasos” y tradiciones, en centros de atracción turística. Pero esto no va en detrimento del valor intrínseco de la religión. Al final, el turista que ha alquilado una silla para ver la procesión no deja de ser una persona que se va a encontrar con ciudadanos creyentes, unos con túnicas, capirotes y hachones encendidos, otros batiendo los tambores y otros portando los Pasos de sus Cofradías. Al final, una conexión comunitaria con los sentimientos y valores sobre los que se sustenta y construye la vida social. Es el momento de la fascinante “rompida”, en la noche del Jueves Santo de los pueblos del Bajo Aragón, Hijar o Alcañiz, donde a las doce en punto estalla en las plazas el ruido de miles de tambores. Por eso las procesiones no son pasacalles. Simplemente expresan sentimientos complejos de sus participantes que llevan en sus corazones agradecimiento de promesas cumplidas, peticiones de solución de problemas o simplemente sentimientos profundos que se mezclan con el dolor del primer Vía Crucis que se vivió en Jerusalén hace ya más de dos mil años.
Es curioso observar que frente a la progresiva laicizacion de la vida y el decaimiento de las prácticas religiosas, no disminuye el interés por asistir y, sobre todo, ser protagonistas de estos actos religiosos colectivos. Ser miembro de una cofradía, vestir su hábito es algo que con frecuencia se transmite de generación en generación.
Luis Sarriés Sanz. Catedrático de Sociología