"Para Pamplona esta imagen es un soplo de aire fresco, algo que nos representa de otra manera, más sutil y femenina, menos conocida"

Actualizado el 13/04/2025 a las 23:43
En el Museo de Navarra puede verse ya la estatua de un romano con toga, una escultura de bronce sin cabeza del siglo I -quizá contemporánea del mismo Cristo, nada menos- que se encontró en una obras de la Navarrería a final del siglo XIX, no en vano por allí debía estar el foro de la antigua Pompaelo.
La figura ha tenido una historia detectivesca, fue de aquí para allá, hasta terminar en manos de un millonario americano que al final la vendió al museo. Ahora se ha concluido que la estatua no representa a un togado, sino a una niña de unos 12 a 14 años que viste la elegante y solemne prenda romana, y que ocuparía un lugar prominente en la plaza pública. Su pequeña estatura, la túnica larga, el hecho de llevar una gavilla de espigas en la mano, como símbolo de fertilidad, indican que estamos ante una muchacha, una chica de Pamplona y a la vez ciudadana romana, lo que no deja de ser emocionante.
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Hay quien dice también que puede tratarse de la misma Ceres, diosa de la fertilidad, o de su hija Perséfone, presa en el Hades y que vuelve para reactivar la tierra y representa el cambio de las estaciones, según la mitología común a griegos y romanos y que está llena de poesía. Delante de una pieza así, que ha sorteado tantos siglos y todavía sujeta con gesto digno el vuelo de su manto, como si fuera Cicerón a punto de dirigirse al senado, uno piensa en el hilo invisible que nos conecta con el pasado, en todo lo que el tiempo ha ido tejiendo y que nos explica a pesar de permanecer bajo tierra, como nuestra propia conciencia profunda de la que nada sabemos y nos dirige. Andelos, Santa Criz, los acueductos y las calzadas que unen a los pueblos, la que vi hace poco cerca de Arantza, en pleno saltus recóndito de Hispania, son ejemplos del genio que esta niña representa con la dignidad de su pose. Para Pamplona esta imagen es un soplo de aire fresco, algo que nos representa de otra manera, más sutil y femenina, menos conocida. Fuimos romanos y esta sorpresa guardada bajo tierra, que ha retado a los siglos, nos lo recuerda.