"Sentados en un restaurante, y entre quisquilla y quisquilla, le habría dado la barrila al heredero con los pelos, a mi santo con el fútbol y a mí con la política"

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Rosa Palo

Publicado el 19/03/2025 a las 05:00

Fue un sábado por la mañana. Estábamos en la calle, junto a la cochera, cuando mi padre se volvió hacia mí, se agachó a mi altura, me miró y me dio el único consejo de su vida: “Nunca dependas económicamente de un hombre”. En él, que se levantaba de comer para ir al baño pasando por la cocina y no era capaz de llevarse su plato, aquel destello de feminismo se me antojó tan raro como una supernova.

Muchos años después, cuando mi madre enfermó, empezó a poner la mesa, a quitarla, a fregar los cacharros, a hacer la cama y la compra. Le vio las orejas al lobo, y el lobo llegó. Y volvió a los tres meses para llevárselo a él.

Cuenta Ian McEwan que Philip Roth le aconsejó que escribiera como si sus padres hubieran muerto, que no se preocupara por incomodarles. Los míos murieron hace treinta y dos años, y yo sigo escribiendo como si pudieran leerme, como si mi padre fuera a entrar por la puerta del club náutico con el diario en la mano, hinchado como un pavo, presumiendo frente a sus compañeros de julepe de que su hija escribe en los periódicos. Lo hubiera hecho aunque algunos artículos no le gustaran, o no los entendiera, o no quisiera entenderlos. 

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Pero no me hubiera dado miedo incomodarle porque sé que, a pesar de ello, habría seguido queriéndome con ese amor animal con el que a veces se ama lo que no se comprende. Y lo sé porque yo le quise así.  También sé que hoy le echo un poco más de menos. Sentados en un restaurante, y entre quisquilla y quisquilla, le habría dado la barrila al heredero con los pelos, a mi santo con el fútbol y a mí con la política.

Eso sí, hubiera pagado él, porque no seguí su consejo: económicamente, dependo de un hombre. De un señorito, para ser exactos. Pero quién no.

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