"Tenía la cara cubierta por la metralla de la viruela, padecía psoriasis, medía 1,68 y usaba alzas. Stalin murió hace 72 años"

Publicado el 16/02/2025 a las 05:00
Tenía la cara cubierta por la metralla de la viruela, padecía psoriasis, medía 1,68 y usaba alzas. Stalin murió hace 72 años. A pesar de que Boris Yeltsin desclasificó gran parte de los archivos del KGB, aún se especula si murió por cuenta propia o envenenado. La escena de su lecho de muerte fue acorde con su vida. Le rodea una corte de enemigos íntimos. Su hija Svetlana siempre lo culpó del suicidio de su madre, víctima de la furia paterna. Está su hijo Vasily, un alcohólico elevado a los más altos cargos militares y ahora humillado por un padre saturnal. Está Mólotov, que había participado en la deportación al gulag de millones de personas. Teme por su vida: ha sido destituido de su ministerio y su mujer judía va camino de Siberia.
Está Kruschev, un campesino rudo al que le bastaba un chasquido de dedos de Stalin para hacer de bufón en las largas noches de borrachera. Está Beria, el siniestro jefe de la policía secreta, experto torturador, asesino y violador. Ha olfateado sangre: Stalin prepara una purga contra ellos. Conoce la estrategia; bajo la excusa paranoica de un complot de médicos judíos, Stalin los ha mandado fusilar. Ellos serán los siguientes. Al parecer, por orden de Beria, Stalin fue envenenado y dejado a su suerte en un charco de orín. Doce horas después, hace llamar a unos matasanos.
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Ahora maldice al dictador, pero tan pronto el moribundo abre los ojos se arrodilla y le besa las manos. Stalin tiene paralizado medio cuerpo a causa de una apoplejía masiva. De repente, de su boca estalla un vómito de sangre estomacal. No dice una palabra, sólo levanta la mano izquierda y señala a todos los presentes con mirada de odio. En el documental Funeral de Estado de Serguéi Loznitsa, vemos a Dolores Ibárruri. Mira con dolor de viuda española -moño, luto, guirnaldas de astracán- hacia el féretro. Jamás pedirá perdón por los millones de asesinatos que provocó su camarada, ahora amuñecado en medio una orla de rosas rojas que lo succionará al sumidero de la Historia.