Estación final del tren de la muerte
"Las torturas siguen existiendo. Los regímenes totalitarios también. Y el resto del mundo sigue mirando para otro lado"

Publicado el 31/01/2025 a las 05:00
Fue el año 1959 cuando tuve la oportunidad de visitar el antiguo campo de concentración de Auschwitz. Era un día lluvioso, oscuro y gris. Todavía se percibía el olor húmedo de material quemado. Habían pasado catorce años desde la mañana del 27 de enero de 1945, día en que las tropas soviéticas liberaron a los 7.600 prisioneros que habían sobrevivido al horror de los crematorios. Celebramos el 80 aniversario.
Auschwitz era la estación final del “tren de la muerte” que transportó hasta un millón de judíos y cerca de medio millón de gitanos capturados en numerosas ciudades europeas para ser exterminados. “El 21 de octubre de 1944 llegamos a Auschwitz. En la misma estación, los médicos de la SS seleccionaban a la gente válida. Al resto lo enviaban directamente a las cámaras de gas” (testimonio de un superviviente). “Cuando llegamos, ya de noche a Auschwitz veíamos el cielo enrojecido como si estuviese en llamas… nunca pudimos imaginar que era el fuego de las chimeneas de los crematorios”.
Sobre el arco de la puerta de entrada del campo de concentración (o de exterminio) un rotulo con estas palabras “Arbeit macht frei” (El trabajo hace libre). Alli seguían firmes los pabellones de los deportados. En medio, en una pequeña plaza, un monje budista golpeaba rítmicamente un enorme gong mientras repetía monótonamente una oración para que, “sobre la tierra, me dijo, humedecida con la sangre de millones de víctimas cayera la fina lluvia del amor y la paz”.
En el interior del recinto vallado del campo, estaban instalados los pabellones en que se alojaban los deportados y, en un extremo, los postes a los que ataban desnudos y fusilaban a presos traidores o que, en un intento de fuga, habían quedado atrapados y sangrando entre la púas y cuchillas de las redes metálicas que cerraban el recinto. “Durante la noche nos sentábamos en una gran sala. Era tan triste que no me atrevo ni a describirlo. Llorábamos, rezábamos o permanecíamos en silencio” (Testimonio de una superviviente).
Y en los pabellones, se encontraban los sótanos donde agonizaron miles de judíos y otros condenados, sobre todo gitanos y polacos, entre los que no hay que olvidar al franciscano conventual P. Kolbe, recluido en el Bloque 11, en la celda 18. Un reducido espacio, húmedo y oscuro, donde murió cadavérico, exhausto por el hambre y el frio, el 14 de agosto de 1941. Muerte terrible y muerte heroica porque este franciscano se había ofrecido para sustituir a un padre de familia, que, en un cruel y angustioso sorteo de castigo, porque un compañero había huido, le había tocado ser fusilado.
No menos terrible era la cámara de gas, una enorme sala con alcachofas que simulaban duchas, donde concentraban a grupos de personas, según les informaban, para ducharlas, pero donde, en realidad de las alcachofas no salía agua, sino gas mortífero. Los cadáveres hinchados y muchos de ellos reventados, eran después recogidos por otros prisioneros para incinerarlos y destruirlos.
Ni tampoco hay que olvidar las torturas de todo género a las que fueron sometidos numerosos presos, como arrojarlos a lagos helados en pleno invierno.
No podemos olvidar que detrás de esta barbarie existía una doctrina política de segregación y odio a razas consideradas inferiores y un imperialismo racista demoledor: “¿Es Usted rubio? Entonces es creador y portador de la cultura aria”. “¿Es Usted rubio? Entonces está sometido a constantes amenazas“. Son frases recogidas en numerosos documentos de la época.
El nazismo era también imperidalismo. “Wir werden weiter marchieren… denn Heute gehört uns Deutschland und Morgen die ganze Welt” (Caminaremos hacia adelante aunque todo quede destruido porque hoy nos pertenece Alemania y mañana nos pertenecerá el mundo entero), cantaban las juventudes hitlerianas en sus marchas militares por las ciudades alemanas.
El odio se centró, sobre todo en los judíos y también en los gitanos. El libro “Hitler, Aufstieg und Untergang des Dritten Reiches” (Auge y Ocaso del tercer Reich) describe de manera gráfica el horror físico y moral que produjo el nazismo.
Marcaban a fuego, con hierros rusientes, la estrella de David en los senos de las mujeres y en el pecho de los hombres. Arrancaban la barba a los rabinos. En Italia colgaban los cadáveres de los fusilados en los puentes, sobre el rio. “¡Manos en alto y camina hacia el bosque” (donde eran abatidos) fue la orden que recibieron miles de ciudadanos, sobre todo judíos.
Creo que con lo descrito ya es suficiente para ofrecer un perfil del nazismo y para celebrar con alegría el 80 aniversario del final de Auschwitz y de lanzar una advertencia de los horrores a los que pueden llegar regímenes autoritarios, no sometidos al control de los medios de comunicación y, sobre todo, de las urnas.
Me gustaría concluir estas reflexiones con las palabras de Robert Neumann al final de su libro, que he citado más arriba: “Ojalá los alemanes de la nueva generación aprendan la lección… ¿Es un problema alemán? Sí, pero también es un problema mundial”. Las torturas siguen existiendo. Los regímenes totalitarios también. Y el resto del mundo sigue mirando para otro lado.
Luis Sarriés Sanz. Catedrático de Sociología.