“Ser vieja no está tan mal, la gente te perdona todo”, dijo al final Matute, con esa sonrisa suya, que parecía pedir perdón

Actualizado el 19/01/2025 a las 23:26
Este año se celebra -en medio de tantas cosas- el centenario del nacimiento de Ana Mª Matute, una escritora para quitarse el sombrero, de cuando las mujeres en la literatura, como en todo, se contaban con cuentagotas, alguien que ganó todos los premios y entró en la Real Academia, que bregó y triunfó en aquellos años grises de la posguerra y abrió camino a muchas escritoras que vinieron después. Su tiempo es el de Martin Gaite, o de Laforet, pero su carrera es más larga. Siendo barcelonesa siempre escribió en castellano, como tantos escritores de allí, lo que explica cierto desdén y olvido.
Tuvo una infancia enfermiza y la llevaron con sus abuelos a la Rioja. Allí empezó a escribir muy pronto, creándose un mundo propio. “Tal vez la infancia es más larga que la vida”, escribió, con razón. Perteneció a un grupo que se llamó “los jóvenes asombrados”, los que vivieron de niños la guerra civil, algo que les marcó para siempre. En realidad, ella vivió siempre por y para la escritura, que era su vida y su obra es una carga de profundidad que mira al mundo con ojos de niño y se fija, como ellos, en lo que nosotros no vemos.
Su escritura es femenina, delicada, hecha de asombro y magia. Algún cuento suyo vale mucho más que ciertas novelas de muchas páginas. En las fotos que han salido se ve una mujer mayor, todavía bella, de grandes ojos, con mirada triste. Se nota en ellas lo buena y sensible que era. Eso le permitió escribir tan bien, pero la hizo muy vulnerable. Se casó muy joven con un hombre que la hizo desgraciada -el malo, le llamaba ella- con esa debilidad que algunas mujeres tienen por lo que no les conviene, que la arruinó y le quitó a su hijo. Luego encontró el hombre opuesto, con quien fue feliz unos años, pero al morir él cayó en una profunda depresión y pasó casi veinte años sin escribir una línea. Odiaba la violencia, la miseria, y la falsedad. Leyéndola se reconcilia a uno con la escritura, a veces tan vana. “Ser vieja no está tan mal, la gente te perdona todo”, dijo al final, con esa sonrisa suya, que parecía pedir perdón.