Ayuntamiento de Pamplona y nuestros racismos
"Deberíamos dedicar el mismo tiempo y esfuerzo a lo común, a lo que nos acerca, a lo que suma y nos hace más ricos y fuertes"

Actualizado el 13/01/2025 a las 23:49
La Navidad y el frío a veces se cuelan por nuestras rendijas más oscuras, Navidad es como una lupa con la que se aprecian mejor nuestras desigualdades, porque fue en Navidad cuando leo en este periódico y observo en un vídeo en redes sociales el humillante recorrido de un joven extranjero hasta un refugio municipal de Pamplona y cómo se queda sin acceso a una cama en una noche a cero grados para, finalmente, terminar durmiendo en soledad junto al río Arga. Un joven de 21 años que afirma que su anhelo es estudiar. La respuesta del Ayuntamiento de Pamplona sonó a patada en el corazón y se suele repetir con frecuencia: un cruel no hay sitio y la posibilidad de un billete de autobús para abandonar Pamplona.
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Ignoro si son 50 o 100 los jóvenes migrantes que suelen dormir bajo un puente en Pamplona, en un porche, en un jardín o en un portal, pero, aunque solo sea una persona, estos episodios nos deberían obligar a reflexionar sobre nuestra relación con esos que llamamos los de fuera. Y, sobre todo, reflexionar acerca del fenómeno de la inmigración, nosotros que hemos sido emigrantes y crecido en una sociedad históricamente mestiza, como la española o la catalana, que supo progresar extrayendo lo mejor de la suma de diferentes culturas. Porque, queramos o no, es la historia un agregado de culturas que se van fundiendo. Sin embargo da la impresión que, como si a rebufo del trumpismo, nuestros políticos temiesen al derecho de asilo y refugio por un posible efecto contaminante de nuestras esencias identitarias, algo que hoy día proporciona rendimiento político. Me costaría creer que por pura política el Gobierno de Navarra pueda entrar en la confrontación entre el nosotros y los de fuera, o que el consistorio de Asiron se ubique en la onda antiimigracíón poniendo palos en la rueda de los empadronamientos y del asilo.
Se diría que educados en que somos distintos, descubrimos que también somos distantes. Y convendría preguntarse si hasta hace poco éramos más sensibles y amables con quienes deseaban trabajar a nuestro lado. Quiero suponer que nos vemos influenciados por un rechazo prefabricado hacia los de fuera y que los bulos y “fakes” agrandan la desconfianza hacia los desesperados del hambre supervivientes de naufragios en patera. Tal vez deberíamos revisar si el socorrido no se integran o nos quitan el trabajo -el que no queremos hacer-, procede de un subconsciente racista o del desinterés de entender a fondo al otro. Amin Maalouf, libanés, el primer no nacido en Francia elegido secretario de la Academia Francesa, autor de Identidades asesinas, advierte que la gente capturada por los movimientos populistas y nacionalistas ya no reclama ideologías, porque lo que le preocupa es el lugar de nacimiento, el color de la piel, la religión, la etnia y levantar una nación al estilo de Trump.
Sobre este problema Norbert Bilbeny, catedrático de ética de la Universidad de Barcelona, apuesta por la interculturalidad a diferencia de la mera coexistencia multicultural. Es decir, por potenciar y ensanchar los elementos comunes que nos unen. Pero existe un inconveniente: hoy día ponemos todo nuestro entusiasmo en reforzar lo que nos hace distintos y separa, nuestras costumbres, nuestro folklore o nuestro idioma, lo que resulta positivo, pero deberíamos dedicar el mismo tiempo y esfuerzo a lo común, a lo que nos acerca, a lo que suma y nos hace más ricos y fuertes. Elementos compartidos como el deseo de trabajar y aprender, la democracia, la convivencia, el civismo, el respeto al Derecho, a la tolerancia y a la libertad y, en definitiva, respeto al principio elemental de que no querer para el otro lo que no deseas para ti. Sin embargo la filósofa Adela Cortina precisa que, más que al emigrante, lo que rechazamos es la pobreza porque, inconscientemente, valoramos a las personas por lo que nos pueden dar. Es decir, los pobres nos molestan.
Cierto que luchar hoy contra el egoísmo y la visión etnicista de país no resulta fácil cuando iglesias de Italia y Francia reciben ataques de la extrema derecha por abrir los templos a la noche a quienes necesitan un caldo caliente y un banco para dormir unas horas y eludir el frío. Por ello convendría recordar a un villavés de barba blanca, Pedro Meca Zuazu, ya fallecido, que compartía el frío de la noche de París con los más desesperanzados.
Fue un conocido religioso dominico con el que se fotografiaban los políticos del momento por su tarea de devolver la dignidad a los más vulnerables. Este personaje que recordaba que en invierno es cuando se contabilizan más muertes en la calle sin que nadie te coja la mano, al contrario de lo que aseguran algunos técnicos, afirmaba que nadie, absolutamente nadie de los desheredados de la noche, ha elegido estar solo, aunque manifiesten lo contrario. Por eso sus iniciativas pasaron por ofrecer compañía y promoción a los sintecho advirtiendo del peligro en Europa de “convertir a nuestros hermanos en extranjeros”.
Gabriel Asenjo. Doctor en Ciencias de la Información.